miércoles, 5 de mayo de 2010

Blogera, por ende, voyeurista

¿Será que una nueva faceta de personalidad empieza a nacer desde que investigo qué cosas se escriben en los blogs? Mi pulsión voyeurista (esa que andaba bastante bien camuflada) se ha destapado desde que entré al mundo de los blogs. Si los usuarios de facebook eran mis peores enemigos ahora estoy muy cerca de parecerme a ellos desde que me asedia la compulsión a chequear nuevos posts en los blogs que sigo. No estoy hablando de una entrada al día. No. Esto es algo serio. Estoy hablando de visitas permanentes que pueden darse en un lapso muy cortito de tiempo. Minutos? Sí. Y del otro lado, la adicción por postear seguro es tanta que al empatar con mis “carencias” podríamos hablar de un seguimiento simultáneo, de un baile acompasado aunque no conozca personalmente a mi interlocutor. No importa. El juego no está en la piel. Un acecho así, de darse en la vida real, terminaría por asfixiar a mi partenaire. Entonces, con qué raza me ponía yo a criticar a los usuarios de facebook que andaban investigando la vida de los otros si soy una bloggera /lectora adicta?
Curioso que algunas variantes de socialización tridemensional, es decir, real, se repitan a la hora de ponerme en contacto con la virtualidad: prefiero poco antes que mucho y ya con eso tengo angustias para rato; con dificultad establezco contacto sin llegar al autismo pero rozándolo; y claro, un perfil bajo, bajísimo. Y así voy fluyendo hasta llegar al regozijo y regreso al punto cero.
No es casual que El mal de Montano de Enrique Vila Matas sea mi nuevo compañero de cabecera. Comprendo esas patologías adictivas relacionadas a la lectura. Pero más que nada, conozco esa necesidad de acumular volúmenes y de ir rondándolos hasta encontrar el momento emocionalmente preciso para lanzarme a ellos y coger alguno.

martes, 27 de abril de 2010

Octavio Paz y mis laberintos


¿Existe la manera de escribir un ensayo literario sin que lo autobiográfico del autor este presente y existe la manera de leerlo sin que lo personal vaya aflorando entre líneas? Mientras leo El laberinto de la soledad de Octavio Paz es inevitable no dialogar, no ligar. Y para eso se necesitan dos. El interés de Paz por colaborar con su país reflexionando y escribiendo acerca de la historia mexicana y la incansable (y frustrada) búsqueda de identidad, ¿no nace de observarse y preguntarse primero él acerca de su sí mismo? Sus ensayos son un cuerpo híbrido que va desde lo literario, lo histórico, lo psicológico, lo antropológico hasta lo autobiográfico. Y todo escrito poéticamente. ¿Acaso la poética puede estar aislada de cualquier acto de pensar y escribir, de vivir?. Paz parte de su yo para entender su mexicanidad, de su yo mexicano para entender el lugar del mexicano en el mundo y desde allí para entender la subjetividad del Hombre. De lo más particular a lo infinitamente universal. Si bien El laberinto de la soledad es un análisis de la identidad del sujeto mexicano desde una mirada social, no cabe duda de que el psicoanálisis y el análisis personal (intuyo) del autor están presentes. Freud y La religión monoteísta fue un referente según Paz. Y no es casual tampoco que mientras más leo, más crece mi sesgo profesional. Y entonces entro yo a tallar allí. En esas páginas de gran tinte político entro yo a tallar: dialogando con esa parte que dio origen al gran proyecto de construir una identidad nacional por medio de la palabra. Yo hago lo mismo a mi manera y en mi propia escala. Me identifico con ese proyecto de vida que es pensar quiénes somos desde las humanidades para entendernos en el presente. Pero, ¿podremos llegar a quitarnos todas las máscaras que nos hemos fabricado para vivir en sociedad como cree Paz que debemos hacer para ser por fin naciones latinoamericanas con historia y personalidad propia? Debemos conocer nuestras necesidades para implementar un plan de acción macro y y su equivalente en micro. Como dice José Martí en Nuestra América: dejaremos de seguir aplicando fracasadamente soluciones extranjeras a conflictos internos cuando sepamos quiénes somos y qué queremos. Ambos autores no conciben el desarrollo de América Latina sin poner la mirada en el adentro (en todas las dimensiones posibles). ¿No es esto lo que hacemos en nuestro quehacer diario? ¿no es el afán de Paz el mismo afán nuestro de desechar nuestro falso self? ¿No puedo yo entonces hacer el recorrido al revés, e ir de lo universal, leyendo a Paz, hacia lo más íntimo sumergiéndome en mi misma? Aunque el riesgo sea perderse en el laberinto, sí.

sábado, 17 de abril de 2010

Un libro que le canta a la vida



Acabo de leer una pequeña novela llamada Así que Usted comprenderá de Claudio Magris. De Magris no se puede decir que he leído pues luché para no soltar El Danubio, pero no pude. Sentí que me enfrentaba a una especie de enciclopedia magistral a pesar de los influjos de honestidad. Totalmente frustrada, decidí explorar otras cosas escritas del autor y así encontré que podía volver a intentar por Magris con este relato. Y la chunté. Aquí el ensayista recoge y a la vez recrea el mito de Orfeo para, según los críticos, hacerle un homenaje a su esposa muerta algunos años atrás. Es en buena cuenta un libro que se inspira en el dolor por la pérdida de su amada pero que logra ir más allá de la catarsis. Es una bella oda al amor e incluso a la muerte (si no la concebimos desde lo occidental).
La voz de Eurídice/esposa narra esta travesía agónica pero esta vez ya no se tiñe de fracaso porque Magris inserta un giro en la versión clásica del mito. Ya no es Orfeo el débilmente enamorado que vuelve la mirada a Eurídice porque no puede controlar más su deseo por verla antes de llegar a la cima del laberinto y entonces lo dioses del Olimpo lo castigan volviendo a sumergir a Eurídice en el silencio. Ahora todo es más complejo. Porque el viaje al inframundo no sólo tiene el sentido de recuperar a la persona perdida sino de encontrar respuestas a las grandes interrogantes que aquejan al poeta/Magris, y, en general, a la humanidad entera. Es que si el enamorado lograba penetrar en aquellos pasillos oscuros donde habita la muerte, el hechizo de la vida, su magia, se perdía. Y se perdía aún más el poeta. Es interesante cómo Magris transforma así lo clásico. Sugiere a mi modo de ser, que el intento de buscar la verdad vale más que la verdad misma una vez encontrada. Eurídice lo dice. Sabe que si ella hubiera decidido volver a la luz (porque estaba en ella la responsabilidad del fracaso de esta nueva oportunidad y no en Orfeo) hubiera traicionado a Orfeo/Magris porque le hubiera quitado el misterio necesario para que pueda seguir componiendo. Como si hubieran cosas que deben permanecer en el misterio para que nosotros, los vivos? podamos seguir aquí. Claro que a costa de las enredaderas. La negativa de Eurídice de retornar al mundo de los vivos está fundada justamente en el amor que siente por su hombre perdido. Aunque un poco de cansancio y desilusión por el mundo en que habitamos los vivos también la detiene.
Parece que Magris no hace aquí una apología del dolor, cosa que pensaba y esperaba encontrar… sino una entonación de canto vital.

miércoles, 14 de abril de 2010

Movimientos personales

Sufro de un síndrome intermitente de infelicidad. Es una patología que debería estar registrada en cualquier manual básico de psiquiatría y no lo está. Su incidencia es vergonzosa en estos tiempos de turbulencia y globalización. Su etiología no tiene una explicación clara. El ritmo severo de mis pasos van perdiendo tonicidad y se tornan meditabundos, circulares, envolventes sin responder a nada en particular. Y el síntoma más vistoso, es decir, el miedo, aparece precisamente cuando vamos a alzar vuelo. Tropezamos con alguna neurona traicionera y zas!, al suelo de cara. Los moretones se dejan ver por unos días y otra vez la realidad nos devuelve nuestros pies. Ya es una cuestión personal si los usamos o no. La realidad sabe hasta dónde retarnos. Nos sumerge en el anonimato, la desconfianza y la fealdad hasta que poco a poco nos vuelve a premiar cual si fuéramos infantes y es allí cuando nos devuelve el andar. A lo mejor estoy siendo injusta con el mundo y no es verdad que la realidad es ambigua, móvil. Seguro, y así lo deben creer muchos (yo hago mis mejores esfuerzos) el péndulo está adentro mío. Los vaivenes anímicos sólo dependen de mis ojos. Entonces sería cuestión de no darle tanto impulso al péndulo? Esa sería la curación? A esa acción podría recurrir en momentos de malestar agudo? Demasiada practicidad para mi gusto. ¿Entonces?
Julio Cortázar poetiza este síndrome curioso y frecuente de infelicidad en Me caigo y me levanto. Dice “hay quienes recaen al llegar a la cima de la montaña, al terminar su obra maestra, al afeitarse sin un solo tajito; no toda recaída va de arriba abajo, porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe a dónde se está… Hay quien ha sostenido que la rehabilitación sólo es posible alterándose… somos lo más que somos porque nos alteramos, porque salimos del barro en busca de la felicidad y la consciencia y los pies limpios… nuestra condición es la recaída y la desalteración…”. Esto me sirve de placebo. Pero estos regalos que la literatura nos ofrece hay veces llegan demasiado tarde. Porque ya los sueños se tiñeron de sepia, ya el virus extranjero se siente como en casa y ya la soga que envuelve mi pelvis está toda estrujada y anudada. Y todo en el preciso momento de alzar vuelo. Cosa extraña. Es un fenómeno psicosocial que atrapa y reduce. Frena. Y el cuerpo lo suele detectar antes que la consciencia. Ya quisiera yo poseer la elocuencia del lenguaje corporal, la densidad de las sustancias que no excreto para prevenirlo. Quisiera saber por qué el cuerpo se queja siempre de la misma manera y en el mismo lugar en el preciso momento de pestañear para ver más claro. Ahora mismo me pierdo en mi propio círculo cortazariano. Si pensaba que escribiendo iba a elevarme, craso error. Me caigo. Y lo más probable es que estando en el suelo se me ocurra alguna idea genial y me levante.

viernes, 2 de abril de 2010

Estrenando a José Martí


Mientras voy descubriendo a José Martí siento como si el tiempo se me hubiera zafado de las manos. Es como llegar tarde, muy tarde, a su celebración. Si hubiera dado antes con él, mi visión de un montón de aristas de la vida estaría mejor sustentada u argumentada y la sensación recurrente de ser un “pez fuera del agua” hubiera sido más benévolamente tolerada. Hoy entiendo. Y me entiendo más. Desde ahora en adelante Martí será un gran referente. Tantas veces escuché hablar y leí acerca de lo emparentada que está la belleza con la tristeza (no más Lo bello y lo triste de Kawabata), del sufrimiento y del dolor humanos como insumos mismos de la vida, de la posibilidad de vivir y no sobrevivir porque existe precisamente la muerte… de tantas cosas en esta línea entre nostálgica y feliz. Estas paradojas han revoloteado a mi alrededor como los bichos volado tantas veces hacia la luz. Seguro que ellas me envuelven desde tiempos remotos y recién tomo consciencia. Y si no fuera por Martí, mentira, no sólo Martí, seguirían guardadas en algún cajón a manera de simple intuición.
En uno de los lenguajes más bellos y ornamentados que he leído, nuestro autor recién estrenado incursionó en política liderando la revolución cubana; en la educación, proponiendo proyectos y escribiendo cuentos para que los niños de América estén orgullosos de sus antepasados aborígenes; en la literatura, construyendo poemas, criticando libros, elaborando crónicas de sucesos culturales relevantes; ejerciendo la oratoria sin quererlo en sus discursos y pronunciados ante la Academia ; en el periodismo denunciando crímenes, crueldades, abusos, esclavitudes diversas; en la psicología, hurgando en el alma humana, en la importancia de la libertad, la autorrealización pero no como fin individual sino como recurso para lograr una mejor sociedad.
Sorprendida recorro las páginas de algunas de sus obras y me encuentro con frases como “Ah!, es preciso batallar para entender bien a los que han batallado” y no puedo dejar de pensar en mis propias batallas y en cómo éstas me permiten a entender las ajenas (aunque cercanas). Sigo pasando las páginas y leo “los hombres son como los astros, que unos dan luz de sí y otros brillan con la que reciben”. Imponente afirmación. Más adelante mientras Martí hace una valoración sobre los lienzos de un pintor ruso, dice “Con qué habría de pintar Munkacsy sino con las tristezas de su alma, con sus recuerdos tétricos, con aquellas tintas propias de quien no ha conocido la alegría?... Se ve en el mundo lo que se tiene en sí”. Se empiezan a producir sinapsis en mi cerebro, ligazones. Martí llegó sin titubeos a dar sentido al arte porque quien nos dice que “hay placer en la sombra” nos alivia harto y nos da libertad para gozar dulcemente de la pena. Cosa tan difícil en estos tiempos de ebullición social, de histeria colectiva. Sin caer en sadomasoquismos por favor! Y así hay tanto por decir. Como que “la muerte es una forma de vida oculta”. Sí, algunos podrían pensar que estoy al borde de pero no. Es mi estado natural. Mi naturaleza, como diría Martí. Aunque el riesgo de poseer esta actitud podría ser la de elogiar el encierro y vivir en una especie de cueva: “El que vive en un credo autocrático es lo mismo que una ostra en su concha, que sólo ve la prisión que la encierra y cree, en la oscuridad, que aquello es el mundo; la libertad pone alas a la ostra”.

domingo, 28 de marzo de 2010

Hoy me siento un poco Franny


Hoy me siento un poco Franny (excepto en la edad!!).Da la casualidad que los personajes de Salinger son todos adolescentes pero yo comparto algunas “áreas de interés” o “zonas neuróticas”. Se trata de la desilusión. Las desilusiones varias que empiezan a amontonarse en fila india detrás mío (o delante) y me deprimen. Me atosigan tanto que me aprietan en la boca del estómago y termino magullada. Parece una cuestión física pero todo ocurre inadvertidamente mientras me levanto de un sueño corto, mientras voy reconstruyendo vivencias. Y entonces, como siempre me ocurre con los libros que escojo leer, me topo con el personaje llamado Franny de Franny y Zooey. Recién lo empiezo a leer pero ya me cautivó la forma de ser de esta chica universitaria que se reencuentra con su novio (en realidad no sé si se le podría llamar novio) para pasar un fin de semana juntos. La gran ilusión de él empieza a desvanecerse en cuanto se sientan en un restaurante y Franny empieza a hablar. Sí, simplemente a abrir la boca. El no se esperaba encontrar tan pronto con esta parte recontra aguafiestas de Franny. Quería disfrutar un poco de creer que había encontrado la chica perfecta. Pero es que Franny está tan llena de desilusión acerca de todo, de su carrera, del teatro, de los poetas, de la amistad, de la hipocresía, de la literatura, de la SOCIEDAD. Ella no quiere seguir hablando porque sabe todo lo que está generando en el buen Lane (él que además estaba sumamente contento por poder al fin haber logrado estar “en el lugar adecuado con la chica adecuada, o de aspecto adecuado”), pero las palabras brotan de su boca con la fuerza con la que el champan se dispara cuando descorchamos una botella. Claro que ella sufre de algo peor que yo. No es que se haya desencantado de alguien o de siquiera un puñado de mortales sino de todo y todos: “No sólo es Wally… Es todo el mundo, quiero decir. Todo lo que hace la gente es tan…, no sé…, no es malo, ni siquiera mezquino, tampoco estúpido necesariamente. Simplemente tan minúsculo e insignificante, y… deprimente. Y lo peor es que, si te vuelves bohemio o algo así de loco, sigues siendo tan conformista con los demás, sólo que de un modo diferente”. Eso es. Cada uno experimenta su propia desilusión pero obviamnete me identifico con la decepción femenina en este caso. Me voy a seguir leyendo porque esto está casi como una buena sesión de análisis…

viernes, 19 de marzo de 2010

Salinger y sus imágenes entrañables


-Señorita Carpenter. Por favor. Yo sé lo que estoy haciendo -dijo el joven-. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para los peces banana.

-No veo ninguno -dijo Sybil.

-Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas. Siguió empujando el flotador. El agua no le alcanzaba al pecho. -Llevan una vida muy triste -dijo-. ¿Sabes lo que hacen, Sybil? Ella meneó la cabeza.

-Bueno, te diré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero una vez adentro, se portan como cochinos. ¿Sabes?, he oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas -empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más cerca del horizonte-. Claro, después de eso engordan tanto que no pueden volver a salir. No pasan por la puerta.

-No vayamos tan lejos -dijo Sybil-. ¿Y qué pasa después con ellos?

-¿Qué pasa con quiénes?

-Con los peces banana.

-Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo?

-Sí -dijo Sybil.

-Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.

-¿Por qué? -preguntó Sybil.

-Contraen fiebre platanífera. Es una enfermedad terrible.

-Ahí viene una ola -dijo Sybil nerviosa.

-La ignoraremos. La mataremos con la indiferencia -dijo el joven-, como dos engreídos.

Mientras más leo a Salinger más crece mi necesidad de seguirlo. Luego de leer “The Catcher in the rye” y “Nine Stories” tengo que tenerlo cerca. En mi cartera fijo. Es imposible que esto no suceda si uno ha sentido ganas de recitar sus diálogos de memoria para declamarlos cuando la vida se pone fea. Claro que este fragmento de “Un día perfecto para el pez plátano” no es nada alentador. Pero igual funciona. Un joven desequilibrado mentalmente que está de luna de miel con su “chiquita” mujer está en una playa de un hotel de la Florida y mientras se dirige al mar se encuentra con una niña que lo busca para nadar juntos. Y es allí donde él anuncia, mediante la metáfora de los tristes peces plátano que entran en un agujero del que no podrán salir más, sus planes mortíferos.
Holden Caufield, el protagonista de El Guardián entre el centeno, es otro personaje entrañable por su irreverencia, su rebeldía, su forma de lidiar consigo mismo. Pero también es entrañable por algo más sencillo. Porque no deja de preguntarse a dónde irán a parar los patos de Central Park en temporada de invierno mientras recorre solitario Manhattan. Si bien para él esta es una pregunta casi existencial, cada vez que pide una explicación lo miran con cara de loco. Esta sensación de ser incomprendido recorre todo el relato. Entiendo que esta inquietud por los patos alude a tantas cosas juntas, tantos miedos y tanta incertidumbre!. Tantas cosas que damos por sentado de la vida o tantas cosas que pasan a nuestro alrededor y que nos son totalmente indiferentes!. Me pregunto... ¿cómo hizo para construir estas imágenes tan buenas portadoras de las vicisitudes del sufrimiento humano?

viernes, 12 de marzo de 2010

Del Duelo y sus recorridos

Estaba en casa y esperaba que la lluvia llegara, es una frase triste. Quien la pronuncie puede jactarse de conocer el aburrimiento, el sinsentido, la pena y la desesperación. Pero quienes realmente viven de verdad aquel tormento (o eso sentimos los espectadores) son las cinco mujeres que representan la pieza teatral llamada también Estaba en casa y esperaba que llegara la lluvia que dirige Gustavo López Infantas.
Quien se lanza a ver esta puesta en escena con algún rezago de duelo no sublimado corre peligro. Verdad. Si esta obra nos sorprende mirando al vacío o haciéndole guiños a los cuentos de Salinger, podemos desvanecer y caer justo al llegar al umbral de la puerta como lo hace el tan esperado “joven hermano” a quien estas mujeres han esperado por muchos años y que cuando llega tendrán que seguir esperando que despierte de un sueño profundo llamado muerte? Son tres generaciones de mujeres que esperan juntas, aglutinadas mejor: la abuela, la hija, las nietas. Ninguna puede vivir sin la otra y ninguna puede prescindir del recuerdo del hermano que partió. El es el sol de sus vidas desperdiciadas.
Quienes estamos en las butaca (no sé si llamarme espectadora o actora) contemplamos las varias vivencias de los interminables años de esperar a que la lluvia cayera. Reconocemos también las vivencias que cada una de estas mujeres tiene a la llegada del prácticamente moribundo hermano que regresa disque de la guerra. ¿Por qué el joven regresa para morir en su hogar si por tantos años vivió alejado de él? ¿Será que la guerra y el exilio nos despojan de nuestra piel e intentar regresar a la vida (al hogar) es sólo un imposible?
En “la espera” (que ocupa la mayor parte de la vida de estas mujeres) ocurren muchas cosas. Cada uno de estos personajes podrían ser distintos puntos de vista o diferentes formas de vivir la ausencia. Cada uno de ellos nos muestra una faceta de nosotras mismas frente a la muerte y a los tiempos inertes. Está la hermana mayor, profesora de niños que acostumbra a sacarle la vuelta al dolor pero sin llegar a lograrlo, la que sabe cómo se usan los escudos sobre el pecho. La hermana del medio que cree ser la más querida por su hermano y que no renuncia a ponerse su vestido rojo para volver a bailar con él. La hermana menor, aguda y abandonada en su soledad, acusa a las grandes de no haberle prestado atención y de no haber impedido que el hermano se fuera así como así para nunca regresar. La madre egoísta, posesiva, fría e indiferente como un roble frente a las emociones de sus hijos. La abuela, pisando tierra firme. Y el padre tan mentado, ausente.
¿Qué pasa con la mirada que la sociedad tiene del duelo y de la vivencia de dolor por un ser querido que ya no está más? ¿Existe una etiqueta de lo que sería el buen llorar a un muerto como ironiza Cortázar? Aquí se muestra que “el qué dirán” sobre la forma de lidiar con la pérdida es importante. Si nos extraviamos en la pena y el dolor nos absorbe la vida, está bien visto. Si mostramos momentos de flaqueza y cierto olvido sano, acusadas.
Se sugiere entonces que la desaparición nos mantiene con vida porque guardamos esperanza y, por el contrario, la muerte definitiva nos quita movilidad porque ya no hay nada que hacer? ¿puede la añoranza convertirse en un motivo de vida más que suficiente? Recuerdo entonces ahora por qué Salinger tiene en su haber algunos personajes femeninos que viven de un recuerdo o de una buena imagen que representan tiempos mejores. Ramona, por ejemplo, y su novio imaginario; Eloise y el tío Wiggily; Seymour Glass y sus “bananafish”. Cada quien haciendo uso de su historia de vida para soportar o simplemente gozar.

lunes, 8 de marzo de 2010

Adicción austeriana

Tengo una manía. Cada cierto tiempo me vuelvo adicta a un autor en particular y no puedo dejarlo hasta que voy encontrando similitudes y temas recurrentes entre una obra y otra. Quizá tengo la manía de buscar lo permanente que está detrás de las palabras y la ficción. La más reciente víctima de esta suerte de acecho literario es Paul Auster. Yo ya había leído Mr Vértigo, La Invención de la soledad y la Trilogía de Nueva York. No me enamoré hasta que leí El libro de las ilusiones y El Palacio de la Luna. Ahora tengo en mis manos Invisible, la nueva novela que ha sido descrita como el Crimen y Castigo de Auster. Yo no lo sé. Lo que sí encuentro es un giro notorio en su temática. Si antes yo luchaba por no sucumbir a la atmósfera urbana decadente donde los personajes solos, abandonados, no repuestos nunca de pérdidas significativas, privados de cualquier atisbo de libido y desganados de sí mismos casi hasta la muerte, en Invisible, sucede todo lo contrario. Si bien también estamos frente a personajes sufrientes, confundidos, desadaptados e indudablemente apasionados por algún tipo de arte, ahora están tan enredados en las cadenas de eros que hasta lo incestuoso aparece como bello.
Lo interesante esta vez es que en Invisible se narran dos historias paralelas. El libro comienza con la primera parte del manuscrito que Adam Walker, un hombre maduro que está a punto de morir producto de una leucemia, escribe en sus últimos días. Esta primera parte de su proyecto se la envía a un viejo amigo de la infancia, escritor y crítico literario también, a quien no ve hace mucho tiempo junto a una carta en la que le pide consejos para resistirse al bloqueo y poder culminar su obra. La novela que se esconde detrás de esta NOVELA es la propia vida atormentada de Walker. Se trata del joven sensible que estudia literatura en la Universidad de Columbia (este dato podría ser autobiográfico) y que una noche de fiesta se encuentra con una pareja de franceses que le proponen sorpresivamente llevar a cabo su más grande sueño: dirigir una revista literaria neoyorkina de excelente calidad. Las cosas se complican demasiado entre los tres mientras el autor nos va contando quién es, cómo es su familia, de qué traumas tempranos padece, por qué la relación más que seductora con su hermana, su culpa… Uno va atando cabos entre todo aquel pasado y el ahora que cada vez más adquiere un matiz perverso y vengativo. Walker construirá inconscientemente toda su vida alrededor de ese alguien que un día se volvió invisible y que no ha podido olvidar. El vacío será paradójicamente el motor de su vida.
Aún no llego a la última parte pero no dejo de sorprenderme cada vuelta de página. La acción y la reflexión van de la mano en este libro. Como siempre sucede con el Auster que he llegado a conocer hace poco. Podría ponerme a pensar qué de lo que escribe me enganchó ahora y no antes. O es que cogí las obras equivocadas. No sé acerca de sus influencias pero mientras leo Invisible recuerdo a Salinger de El Guardián entre el Centeno (que leí hace poco con motivo de su fallecimiento. Siempre pienso por qué el interés surge con la muerte). Sin duda que Adam Walker y Holden Coulfield (íconos de una parcela de la sociedad norteamericana?), se parecen en la forma que ambos tienen de preguntarse y asombrarse por las cosas que los demás no se percatan de la vida. Son seres incomprendidos, soñadores, rebeldes, sufridos porque poseen grandes dudas como claras certezas. En fin, ya estoy pensando qué leer de Auster cuando acabe Invisible.

jueves, 4 de marzo de 2010

Teatro de hoy: ¿La Era del Minuto?


Para los que nos acercamos a la base cuatro, Cocina y zona de servicio la atinó por su cómica manera de hablarnos sobre los grandes temas existenciales que nos aquejan hoy. Soy de la generación que está insatisfecha de todo. Del amor, del cuerpo, de rumiar tanto. Soy de la generación de los matrimonios sombríos y agotados, de las solterías histéricas, del vacío detrás del éxito monetario, de la desadaptación crónica, del egocentrismo y la adicción, del aferramiento al ritmo, de la eterna rebeldía con o sin causa.
A diferencia de la vida, en Cocina y zona de servicio todo transcurre en la cocina de la casa perfectamente puesta por una pareja de esposos que han acostado a sus hijos pequeños y que se han preparado con nerviosismo para recibir a una pareja de invitados que no ven hace diez años y que para colmo se tardan dos horas en llegar. ¿Se trata de la ansiedad por el reencuentro? ¿Por el propio paso del tiempo? ¿Por lo que quedó inconcluso entre los cuatro? ¿Por la “felicidad” que aún no logran saborear a pesar del intento? Lo que sí es cierto es que las cosas han cambiado para todos. Con expectativas distintas y, lo que es más, con historias de vida diversas, ocurre este fracasado encuentro. Ninguno quiere mostrarse, ninguno quiere aceptar frente al otro el rumbo elegido. La nostalgia por los tiempos pasados es notoria. La necesidad de ocultarse detrás de un puesto importante o unos tacones altos, lo cotidiano. La incomprensión eterna y el fracaso laboral. La plata. El bacalao que no sabe bien. La ceguera como consecuencia de la convivencia monótona. La resignación y la desesperación. Los hoteles sofisticados y los de mala muerte. La huida. La infidelidad. Y todo aprisionado en el estrecho bolsillo de un pantalón usado.
Si hacemos el esfuerzo de ponernos serios (cosa casi imposible), Marisol Palacios, la directora de esta divertida comedia, pone sobre el tapete el tema de la elección. Y es que llegado cierto momento de la vida el perfecto edificio que algunos pensábamos haber construido resulta que se desploma por completo en el tiempo que nos toma encender un cigarrillo. Y de ahí en adelante, todo responde a los ciclos caóticos del adentro. Y al que no le ocurre esto, entonces no puede reírse con el mismo placer. O a lo mejor no puede contemplar la actuación de Miguel Iza sin gozar de esa mezcla de lucidez, humor, crudeza, pesimismo y ternura que caracterizan a su personaje. Es como si él estuviera allí para traducir los gestos, para mirar hacia adentro, para retirar el velo del optimismo ridículo o para recordarnos que también nos podemos dar licencias en nombre de las grandes búsquedas, de los negros vacíos y de los cabos sueltos. ¿Será posible?

domingo, 24 de enero de 2010

El futuro según Wall E



Mi personaje de ficción favorito (sin haber visto aún Avatar) es Wall E. Este es un robot destartalado y tiernísimo que se dedica a reciclar la basura y a recoger los desperdicios que los “seres humanos” botan y que a él le sirven para implementar su rudimentario y metálico hogar. La película empieza con una imagen contundente. Se trata de una ciudad fantasma plagada aparentemente de rascacielos al mejor estilo de Nueva York. Pero cuando uno agudiza la mirada nota que estos enormes edificios están hechos de pura basura que el pequeño coleccionista de encendedores, Wall E, ha ido recogiendo con el tiempo. Es imposible no reflexionar acerca del descuido y la indiferencia con los que el hombre se desenvuelve en relación a su medio ambiente. Sin pelos en la lengua, esta es una película que coloca en primer plano la pulsión destructiva del ser humano y sus penosas consecuencias.
Wall E conoce a Eva, robot que llega a la tierra enviada por una nave- crucero que hace 700 años salió de la tierra al encuentro de un mundo mejor pero que irónicamente terminó en el país de “Buy N Large”. Eva llega a tierra para encontrar los últimos signos de vida en el planeta que convenzan por fin a los habitantes de “Buy N Large” de que vale la pena volver a la tierra. Eva, versión aerodinámica de una mujer de armas tomar, llega a un descampado lleno de tierra y polvo y se encuentra con un robot a punto de salírsele la última pieza. Esto no impide que se enamoren a primera vista. A pesar de sus diferencias, el reflejo de Eva en los ojos- binoculares de Wall-E sella su amor. A través de los desperdicios que Wall E encuentra y guarda en su igloo rojo nos vamos enterando de aquello que los seres humanos desechan de sus vidas: ropa vieja, cubiertos descartables, sus primeros ositos de tela, brillantes de compromisos rotos, películas antiguas, piezas de autos… Pero entre tanto desmonte Wall E encuentra una planta con vida. Y esta será la clave alrededor de la cual se teje el resto de la película. Una vez que Eva incorpora la planta en su útero- máquina, la gran nave (cumpliendo con su misión) la recoge. Wall E y su pequeña mascota, una especie de cucaracha, siguen a la sonda Eva aunque sea imantados a la inmensa nave y así es como llegan al extraño mundo de “Buy N Large”. Se entiende que este es el futuro que nos espera si la tecnología sigue invadiendo nuestra capacidad para pensar. Allá la gente es obesa porque ya no tienen para qué moverse. Todo es digital. La robótica ha desplazado al cuerpo. Ahora los seres humanos se trasladan en sillas reclinables (como las odiosas camillas de los dentistas) y mediante el acto de apretar un minúsculo botón satisfacen cualquier tipo de necesidad: sean físicas o afectivas. Los carteles publicitarios han reemplazado a los periódicos, la comida al paso es la única opción, la amistad y el amor no existen porque nadie se ha tomado la molestia de saber quién va a su costado, el tiempo es sinónimo de velocidad y la vida sólo un simulacro. Los manuales explican lo que podríamos sentir nadando en el mar, bailando o caminando por una avenida. El rostro de Wall E se ensombrece y el del espectador también. Wall E es la última esperanza para generar el cambio. Luego de una serie de peripecias y travesuras a bordo del crucero espacial (metáfora de las sociedades postmodernas) Wall E y Eva logran que la tripulación y todos los obesos habitantes de la nave le ganen la batalla a la pulsión de muerte en el momento que aterrizan en el planeta tierra nuevamente. Wall E, después de tanto luchar, pierde literalmente sus baterías y el amor cibernético de Eva lo rescata. Ambos representan la confluencia exitosa entre desarrollo y modernidad, por un lado, y, humanidad, pasión y creatividad, por el otro. Se entiende que esta es una película para leer detrás de las imágenes, para gozar de la ironía y para repasar en el lenguaje de la niñez los grandes temas que nos aquejan en la actualidad.

domingo, 17 de enero de 2010

El encierro y la vida

Hace mucho que te quiero es el título de una película francesa que podría funcionar muy bien como una frase conmovedora si la vemos desde el punto de vista de una confesión de amor. Es también el acertado nombre que Philippe Claudel decide ponerle a su largometraje porque es el coro de una canción que representa el encuentro tardío pero certero de dos hermanas que no se han visto por largo tiempo pero que ahora se atreven a cantar juntas los recuerdos de una infancia lejana.

La película está narrada de tal forma que mil preguntas se disparan en nuestra mente mientras las imágenes junto a los diálogos se van sucediendo. Al inicio, quién es quién y por qué se comportan como si fueran desconocidas. Luego, por qué la cárcel para una mujer que es capaz de amar, por qué la adopción para quien podría tener sus propios hijos, por que el temblor de una madre ante las preguntas agudas de una niña que percibe cosas que no están dichas. Por qué tanta desesperación de la hermana-profesora de literatura frente a Crimen y Castigo de Dostoievski, por qué la muerte puede ser la salida al dolor, por qué la cárcel puede ser la única forma de reconciliarnos con la vida… Todo esto se va resolviendo poco a poco de la manera más natural a lo largo del film y no es hasta el final que descubrimos el verdadero motor que da sentido a esta historia: la enfermedad terminal de un niño y la angustia infinita de una madre que no puede calmarlo (y calmarse) y que por eso decide inducirlo en un sueño eterno. No suficiente con eso, una sociedad que castiga y estigmatiza porque solo es capaz de ver desde afuera lo que no puede ser explicado con palabras.

No sólo descubrimos cómo una mujer que ha estado presa por 15 años va recuperando su libertad y va rehaciendo su vida interna (por ende externa), sino a una hermana que a pesar de haber sido víctima de un sistema que aplicó la indiferencia para evitar la pena, logra ser afectuosa. Esta, que pudo construir una buena vida (profesora de literatura, madre de dos hijos, felizmente casada y acomodada) no puede hablar de los hechos del pasado, de su dolor, de su culpa.

Los personajes que Juliette, la hermana “asesina”, conoce en su nueva vida son evocadores. Estrecha una fuerte amistad con un policía que la hace registrarse cada 15 días en la comisaria que tiene el gran deseo de conocer el Orinoco pero que se suicida sin intentarlo; conoce a un profesor de literatura que encuentra en los libros mayor comprensión que en los seres humanos pues ha experimentado profundas oleadas de soledad; conoce al suegro de su hermana que no puede hablar producto de una parálisis cerebral pero que vive “feliz” leyendo libros en su biblioteca; conoce a un director de hospital que la contrata como secretaria a pesar de su marcado ensimismamiento y su profundo hermetismo que ocasiona malestar en el ambiente laboral. Esta es una película plagada de paradojas, de preguntas que no tienen respuesta, de actos comprensibles y a la vez incomprensibles. Una narrativa del dolor abierto.