
Mi personaje de ficción favorito (sin haber visto aún Avatar) es Wall E. Este es un robot destartalado y tiernísimo que se dedica a reciclar la basura y a recoger los desperdicios que los “seres humanos” botan y que a él le sirven para implementar su rudimentario y metálico hogar. La película empieza con una imagen contundente. Se trata de una ciudad fantasma plagada aparentemente de rascacielos al mejor estilo de Nueva York. Pero cuando uno agudiza la mirada nota que estos enormes edificios están hechos de pura basura que el pequeño coleccionista de encendedores, Wall E, ha ido recogiendo con el tiempo. Es imposible no reflexionar acerca del descuido y la indiferencia con los que el hombre se desenvuelve en relación a su medio ambiente. Sin pelos en la lengua, esta es una película que coloca en primer plano la pulsión destructiva del ser humano y sus penosas consecuencias.
Wall E conoce a Eva, robot que llega a la tierra enviada por una nave- crucero que hace 700 años salió de la tierra al encuentro de un mundo mejor pero que irónicamente terminó en el país de “Buy N Large”. Eva llega a tierra para encontrar los últimos signos de vida en el planeta que convenzan por fin a los habitantes de “Buy N Large” de que vale la pena volver a la tierra. Eva, versión aerodinámica de una mujer de armas tomar, llega a un descampado lleno de tierra y polvo y se encuentra con un robot a punto de salírsele la última pieza. Esto no impide que se enamoren a primera vista. A pesar de sus diferencias, el reflejo de Eva en los ojos- binoculares de Wall-E sella su amor. A través de los desperdicios que Wall E encuentra y guarda en su igloo rojo nos vamos enterando de aquello que los seres humanos desechan de sus vidas: ropa vieja, cubiertos descartables, sus primeros ositos de tela, brillantes de compromisos rotos, películas antiguas, piezas de autos… Pero entre tanto desmonte Wall E encuentra una planta con vida. Y esta será la clave alrededor de la cual se teje el resto de la película. Una vez que Eva incorpora la planta en su útero- máquina, la gran nave (cumpliendo con su misión) la recoge. Wall E y su pequeña mascota, una especie de cucaracha, siguen a la sonda Eva aunque sea imantados a la inmensa nave y así es como llegan al extraño mundo de “Buy N Large”. Se entiende que este es el futuro que nos espera si la tecnología sigue invadiendo nuestra capacidad para pensar. Allá la gente es obesa porque ya no tienen para qué moverse. Todo es digital. La robótica ha desplazado al cuerpo. Ahora los seres humanos se trasladan en sillas reclinables (como las odiosas camillas de los dentistas) y mediante el acto de apretar un minúsculo botón satisfacen cualquier tipo de necesidad: sean físicas o afectivas. Los carteles publicitarios han reemplazado a los periódicos, la comida al paso es la única opción, la amistad y el amor no existen porque nadie se ha tomado la molestia de saber quién va a su costado, el tiempo es sinónimo de velocidad y la vida sólo un simulacro. Los manuales explican lo que podríamos sentir nadando en el mar, bailando o caminando por una avenida. El rostro de Wall E se ensombrece y el del espectador también. Wall E es la última esperanza para generar el cambio. Luego de una serie de peripecias y travesuras a bordo del crucero espacial (metáfora de las sociedades postmodernas) Wall E y Eva logran que la tripulación y todos los obesos habitantes de la nave le ganen la batalla a la pulsión de muerte en el momento que aterrizan en el planeta tierra nuevamente. Wall E, después de tanto luchar, pierde literalmente sus baterías y el amor cibernético de Eva lo rescata. Ambos representan la confluencia exitosa entre desarrollo y modernidad, por un lado, y, humanidad, pasión y creatividad, por el otro. Se entiende que esta es una película para leer detrás de las imágenes, para gozar de la ironía y para repasar en el lenguaje de la niñez los grandes temas que nos aquejan en la actualidad.
