domingo, 24 de enero de 2010

El futuro según Wall E



Mi personaje de ficción favorito (sin haber visto aún Avatar) es Wall E. Este es un robot destartalado y tiernísimo que se dedica a reciclar la basura y a recoger los desperdicios que los “seres humanos” botan y que a él le sirven para implementar su rudimentario y metálico hogar. La película empieza con una imagen contundente. Se trata de una ciudad fantasma plagada aparentemente de rascacielos al mejor estilo de Nueva York. Pero cuando uno agudiza la mirada nota que estos enormes edificios están hechos de pura basura que el pequeño coleccionista de encendedores, Wall E, ha ido recogiendo con el tiempo. Es imposible no reflexionar acerca del descuido y la indiferencia con los que el hombre se desenvuelve en relación a su medio ambiente. Sin pelos en la lengua, esta es una película que coloca en primer plano la pulsión destructiva del ser humano y sus penosas consecuencias.
Wall E conoce a Eva, robot que llega a la tierra enviada por una nave- crucero que hace 700 años salió de la tierra al encuentro de un mundo mejor pero que irónicamente terminó en el país de “Buy N Large”. Eva llega a tierra para encontrar los últimos signos de vida en el planeta que convenzan por fin a los habitantes de “Buy N Large” de que vale la pena volver a la tierra. Eva, versión aerodinámica de una mujer de armas tomar, llega a un descampado lleno de tierra y polvo y se encuentra con un robot a punto de salírsele la última pieza. Esto no impide que se enamoren a primera vista. A pesar de sus diferencias, el reflejo de Eva en los ojos- binoculares de Wall-E sella su amor. A través de los desperdicios que Wall E encuentra y guarda en su igloo rojo nos vamos enterando de aquello que los seres humanos desechan de sus vidas: ropa vieja, cubiertos descartables, sus primeros ositos de tela, brillantes de compromisos rotos, películas antiguas, piezas de autos… Pero entre tanto desmonte Wall E encuentra una planta con vida. Y esta será la clave alrededor de la cual se teje el resto de la película. Una vez que Eva incorpora la planta en su útero- máquina, la gran nave (cumpliendo con su misión) la recoge. Wall E y su pequeña mascota, una especie de cucaracha, siguen a la sonda Eva aunque sea imantados a la inmensa nave y así es como llegan al extraño mundo de “Buy N Large”. Se entiende que este es el futuro que nos espera si la tecnología sigue invadiendo nuestra capacidad para pensar. Allá la gente es obesa porque ya no tienen para qué moverse. Todo es digital. La robótica ha desplazado al cuerpo. Ahora los seres humanos se trasladan en sillas reclinables (como las odiosas camillas de los dentistas) y mediante el acto de apretar un minúsculo botón satisfacen cualquier tipo de necesidad: sean físicas o afectivas. Los carteles publicitarios han reemplazado a los periódicos, la comida al paso es la única opción, la amistad y el amor no existen porque nadie se ha tomado la molestia de saber quién va a su costado, el tiempo es sinónimo de velocidad y la vida sólo un simulacro. Los manuales explican lo que podríamos sentir nadando en el mar, bailando o caminando por una avenida. El rostro de Wall E se ensombrece y el del espectador también. Wall E es la última esperanza para generar el cambio. Luego de una serie de peripecias y travesuras a bordo del crucero espacial (metáfora de las sociedades postmodernas) Wall E y Eva logran que la tripulación y todos los obesos habitantes de la nave le ganen la batalla a la pulsión de muerte en el momento que aterrizan en el planeta tierra nuevamente. Wall E, después de tanto luchar, pierde literalmente sus baterías y el amor cibernético de Eva lo rescata. Ambos representan la confluencia exitosa entre desarrollo y modernidad, por un lado, y, humanidad, pasión y creatividad, por el otro. Se entiende que esta es una película para leer detrás de las imágenes, para gozar de la ironía y para repasar en el lenguaje de la niñez los grandes temas que nos aquejan en la actualidad.

domingo, 17 de enero de 2010

El encierro y la vida

Hace mucho que te quiero es el título de una película francesa que podría funcionar muy bien como una frase conmovedora si la vemos desde el punto de vista de una confesión de amor. Es también el acertado nombre que Philippe Claudel decide ponerle a su largometraje porque es el coro de una canción que representa el encuentro tardío pero certero de dos hermanas que no se han visto por largo tiempo pero que ahora se atreven a cantar juntas los recuerdos de una infancia lejana.

La película está narrada de tal forma que mil preguntas se disparan en nuestra mente mientras las imágenes junto a los diálogos se van sucediendo. Al inicio, quién es quién y por qué se comportan como si fueran desconocidas. Luego, por qué la cárcel para una mujer que es capaz de amar, por qué la adopción para quien podría tener sus propios hijos, por que el temblor de una madre ante las preguntas agudas de una niña que percibe cosas que no están dichas. Por qué tanta desesperación de la hermana-profesora de literatura frente a Crimen y Castigo de Dostoievski, por qué la muerte puede ser la salida al dolor, por qué la cárcel puede ser la única forma de reconciliarnos con la vida… Todo esto se va resolviendo poco a poco de la manera más natural a lo largo del film y no es hasta el final que descubrimos el verdadero motor que da sentido a esta historia: la enfermedad terminal de un niño y la angustia infinita de una madre que no puede calmarlo (y calmarse) y que por eso decide inducirlo en un sueño eterno. No suficiente con eso, una sociedad que castiga y estigmatiza porque solo es capaz de ver desde afuera lo que no puede ser explicado con palabras.

No sólo descubrimos cómo una mujer que ha estado presa por 15 años va recuperando su libertad y va rehaciendo su vida interna (por ende externa), sino a una hermana que a pesar de haber sido víctima de un sistema que aplicó la indiferencia para evitar la pena, logra ser afectuosa. Esta, que pudo construir una buena vida (profesora de literatura, madre de dos hijos, felizmente casada y acomodada) no puede hablar de los hechos del pasado, de su dolor, de su culpa.

Los personajes que Juliette, la hermana “asesina”, conoce en su nueva vida son evocadores. Estrecha una fuerte amistad con un policía que la hace registrarse cada 15 días en la comisaria que tiene el gran deseo de conocer el Orinoco pero que se suicida sin intentarlo; conoce a un profesor de literatura que encuentra en los libros mayor comprensión que en los seres humanos pues ha experimentado profundas oleadas de soledad; conoce al suegro de su hermana que no puede hablar producto de una parálisis cerebral pero que vive “feliz” leyendo libros en su biblioteca; conoce a un director de hospital que la contrata como secretaria a pesar de su marcado ensimismamiento y su profundo hermetismo que ocasiona malestar en el ambiente laboral. Esta es una película plagada de paradojas, de preguntas que no tienen respuesta, de actos comprensibles y a la vez incomprensibles. Una narrativa del dolor abierto.