domingo, 15 de noviembre de 2009

“No hables, solo sigue jugando…”


Estoy sentada frente al computador tratando de captar al vuelo y ordenar (si se puede) todo lo que transita por mi cabeza y me interrumpen constantemente emails de gente ofreciendo productos y servicios, de gente apurada por ser, de gente que hipoteca su vida por poco. Y de pronto me siento sola. … si es que en vez de entrar al ruedo de la sociedad giratoria me divierto leyendo tratados de amor significa que estoy hecha de otra materia? Seguramente mi historia no contada podría dar una explicación muy coherente sobre esta tendencia de mi piel a envolverse pero mi consciencia o yo, no.
Hoy viví el vacío que se cuela en las carreteras colmadas de carros, en la bulla interminable que se esconde en el gesto de los niños jugando. La tiranía del tiempo azota la capacidad para salir de la espiral. Como si todo esto fuera sintónico a no ser porque me vi desde afuera ligeramente adentro, porque me vislumbré a lo lejos del horizonte tratando de lidiar con las olas de un mar picado en la oscuridad de la noche. Este es el vértigo. El cansancio crónico.
Y pensé nostálgica que nada mejor que las palabras que escuché hace poco de un niño jugando a ese apuro de las carreteras, con ansiedad. Como si tratara de explicarme en su lenguaje el tiempo en que vivimos. Un tiempo donde los niños se debaten entre seguir siéndolo o hablar con elocuencia para agradarnos. “No hables, solo sigue jugando”, es la frase que lúdicamente pronuncia una y otra vez y que a mí me parece la forma más conmovedora de dar cuenta de un fenómeno macro que carcome, que calcina los ojos, que provoca mareo. Ni la sociedad del hiperconsumismo que Giles Lipovetsky describe, ni el egoísmo arraigado de los personajes de La autopista del sur de Julio Cortázar, ni las denuncias de Al Gore sobre la pulsión destructiva del hombre con su medio ambiente reflejan este fenómeno como el juego de este pequeño niño que cuanto más mira el reloj más me repite “no hables, solo sigue jugando”. Como si el juego fuera la vida y pensar sobre lo que acontece en él no estuviera contemplado en la consigna. La tarea es ganarle a los minutos aunque esto cree la falsa ilusión de que todo está bien.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Suerte de qué, de quién…


Emma es la protagonista de “La suerte de Emma”, película que se proyecta como parte del Festival de Cine Europeo. Emma no está tan lejos allá en la pantalla blanca. Basta con afinar la mirada para constatar que Emma está por todos lados. Es más, no dudo de mis emmas, de mis hematomas.
Emma es compleja. Se dedica a criar cerdos en una granja perdida de Alemania para sobrevivir. Frágil. Tanática también cuando degolla a sus cerdos muy suavemente. No le queda otra porque son su sustento de vida. Pero no lo hace con maldad. En el fondo los quiere proteger de una muerte abrupta. Uno se queda con la imagen flotando: matar para vivir. En este tipo de filmes uno duda. El hombre puede llegar al placer por la vía de la destrucción. Cosa rara y más cierta que nada. Uno puede percibir la dulzura de Emma cuando mata a sus cerdos para sobrevivir. “Los salva o se salva?”.
Paralelamente, Max, un empleado de una tienda de compra y venta de autos, es diagnosticado de cáncer. Desesperado por la noticia, se roba uno de los autos para irse lejos de sí mismo y en el camino intenta suicidarse. Falla. Falla? El auto se estrella justamente en la granja de Emma (extrema ficción). Y es así como estas dos historias se cruzan. A primeras, mientras él la encuentra en su quehacer diario con los cerdos, ella le explica que los mata inesperadamente porque “peor es el miedo a la muerte que la muerte en sí misma”. Emma seguro que también le quiere decir: “si no te atreves a vivir sin miedo ahora que estas tan cerca de la muerte… nunca”. Hará más tarde con Alex lo mismo que con sus cerdos a pesar del amor que nace entre ellos. El amor a pesar de la muerte. El amor conviviendo con el vino y la pena a la vez. Emma evita el dolor de Alex, lo cura de graves heridas, lo hospeda, le recuerda que aún está vivo, le ofrece su lado más femeninamente masculino, se ofrece sin más que su historia de vida, una historia cargada de muertes en plural pero lo mata. Como si la muerte fuera la única solución. Ambos contienen la muerte y ambos la desafían hasta donde pueden. Emma roba el dinero del hombre que luego amará, Emma incendia el auto que Alex robó para matarse porque no puede más con su soledad. Emma lo ama mientras él se debate con la muerte. Emma presiente la enfermedad de Alex porque la conoce. Emma reniega porque Alex ha ordenado su caos doméstico, porque ha reparado su vida. Alex salva a Emma del desalojo que la asedia asumiendo su deuda con dinero robado. Alex ama su ser solo. Emma, Alex, Alex, Emma… envueltos en el amor? en las tinieblas?
¿Qué es el amor?
La suerte de quién se narra aquí. De Alex, que aprende a ser feliz muy tarde, cuando ya no hay nada que hacer?, de Emma, quien cuando por fin conoce el lado Eros de ella, de la vida, se le escapa con la brisa más sutil? ¿Esta es una película hecha para salir riendo porque después de todo todavía hay un director de cine que piensa que el amor nos puede dar “calidad de vida” cuando la muerte acecha? o es que esta es una película que golpea tanto que hace falta escribir para no seguir aguantando lo que uno se lleva después de verla... O es que esperaba curar mis hematomas con La suerte de Emma así como Emma esperaba vivir para siempre con Alex…