
Estoy sentada frente al computador tratando de captar al vuelo y ordenar (si se puede) todo lo que transita por mi cabeza y me interrumpen constantemente emails de gente ofreciendo productos y servicios, de gente apurada por ser, de gente que hipoteca su vida por poco. Y de pronto me siento sola. … si es que en vez de entrar al ruedo de la sociedad giratoria me divierto leyendo tratados de amor significa que estoy hecha de otra materia? Seguramente mi historia no contada podría dar una explicación muy coherente sobre esta tendencia de mi piel a envolverse pero mi consciencia o yo, no.
Hoy viví el vacío que se cuela en las carreteras colmadas de carros, en la bulla interminable que se esconde en el gesto de los niños jugando. La tiranía del tiempo azota la capacidad para salir de la espiral. Como si todo esto fuera sintónico a no ser porque me vi desde afuera ligeramente adentro, porque me vislumbré a lo lejos del horizonte tratando de lidiar con las olas de un mar picado en la oscuridad de la noche. Este es el vértigo. El cansancio crónico.
Y pensé nostálgica que nada mejor que las palabras que escuché hace poco de un niño jugando a ese apuro de las carreteras, con ansiedad. Como si tratara de explicarme en su lenguaje el tiempo en que vivimos. Un tiempo donde los niños se debaten entre seguir siéndolo o hablar con elocuencia para agradarnos. “No hables, solo sigue jugando”, es la frase que lúdicamente pronuncia una y otra vez y que a mí me parece la forma más conmovedora de dar cuenta de un fenómeno macro que carcome, que calcina los ojos, que provoca mareo. Ni la sociedad del hiperconsumismo que Giles Lipovetsky describe, ni el egoísmo arraigado de los personajes de La autopista del sur de Julio Cortázar, ni las denuncias de Al Gore sobre la pulsión destructiva del hombre con su medio ambiente reflejan este fenómeno como el juego de este pequeño niño que cuanto más mira el reloj más me repite “no hables, solo sigue jugando”. Como si el juego fuera la vida y pensar sobre lo que acontece en él no estuviera contemplado en la consigna. La tarea es ganarle a los minutos aunque esto cree la falsa ilusión de que todo está bien.
Hoy viví el vacío que se cuela en las carreteras colmadas de carros, en la bulla interminable que se esconde en el gesto de los niños jugando. La tiranía del tiempo azota la capacidad para salir de la espiral. Como si todo esto fuera sintónico a no ser porque me vi desde afuera ligeramente adentro, porque me vislumbré a lo lejos del horizonte tratando de lidiar con las olas de un mar picado en la oscuridad de la noche. Este es el vértigo. El cansancio crónico.
Y pensé nostálgica que nada mejor que las palabras que escuché hace poco de un niño jugando a ese apuro de las carreteras, con ansiedad. Como si tratara de explicarme en su lenguaje el tiempo en que vivimos. Un tiempo donde los niños se debaten entre seguir siéndolo o hablar con elocuencia para agradarnos. “No hables, solo sigue jugando”, es la frase que lúdicamente pronuncia una y otra vez y que a mí me parece la forma más conmovedora de dar cuenta de un fenómeno macro que carcome, que calcina los ojos, que provoca mareo. Ni la sociedad del hiperconsumismo que Giles Lipovetsky describe, ni el egoísmo arraigado de los personajes de La autopista del sur de Julio Cortázar, ni las denuncias de Al Gore sobre la pulsión destructiva del hombre con su medio ambiente reflejan este fenómeno como el juego de este pequeño niño que cuanto más mira el reloj más me repite “no hables, solo sigue jugando”. Como si el juego fuera la vida y pensar sobre lo que acontece en él no estuviera contemplado en la consigna. La tarea es ganarle a los minutos aunque esto cree la falsa ilusión de que todo está bien.

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