jueves, 10 de diciembre de 2009

“Fotografiando la Mente I”


Me ilusiona la idea de captar imágenes mientras me desplazo por la ciudad sin la presión de tener que hacer una buena foto. Esta es la consigna que el centro de Terapias de Artes Expresivas convoca en su jornada “Fotografiando la mente”. No soy fotógrafa pero sí contemplativa. Y quizá con eso baste. Presiento que no se trata de la calidad del producto que muestre sino de la belleza que puede llegar a cobrar la realidad que observo, ese detalle que no existiría sin nuestra mirada. Imagino desde ya la quietud de los colores, la nostalgia y lo gastado con luz, las aceras rotas que reciben el andar ágil de los transeúntes. ¡Cuántas ideas podemos recuperar sobre nosotros mismos imaginando!
Acabo de terminar de leer Lo Bello y lo triste de Yasunari Kawabata. Llegué a él de casualidad quizá atraída por el título aunque sin saber con lo que me encontraría. Disfruté de la complejidad de los personajes, de los diálogos cortos y emocionantes, del paisaje oriental que se abre como un telón de fondo para que la muerte despliegue sus señales. Uno concluye que no hay nada más natural que lo antinatural. De hecho, alivia. Pareciera que Kawabata tiene la certeza de que el tormento está en la sangre. El mismo decide terminar con su vida muy pronto a pesar de la gloria de haber sido premio nobel de literatura. Porque la pena no cede a los premios. Aunque gracias a éstos muchos puedan decir tanto. Como Cortázar, al que siempre vuelvo en busca de mi misma. Y así me tropiezo con Aumenta la Criminalidad Infantil en los Estados Unidos (según informa la prensa), un poema que ironiza sobre la sociedad moderna que se corrompe mientras consume chatarra, que se aniquila mientras no sea acusada por la juventud desenfadada que está dispuesta a vivir. Estamos tan perdidos, nos dice Cortázar, que hasta la Gran Costumbre se entromete en el delirio más esquizofrénico. Y mientras escribo, los retazos que estaban allí sueltos en mi mente empiezan a unirse: Kawabata, la jornada, Cortázar y una foto. Quizá todo esto es la nada. Pero si pienso en el recorrido previo a lanzarme a fotografiar mi mente, tengo que delirar un poco. Y la foto que falta para cerrar el círculo compone un paisaje marino lleno de piedras grandes, pequeñas y más grandes que se alzan tímidamente desde la orilla hasta el mar adentro donde revientan las olas. Y yo estoy parada sobre una de estos montículos que salen de la profundidad en el Cabo de la Buena Esperanza donde el mar Indico se junta con el mar Atlántico, donde confluyen dos océanos, dos continentes, donde se tocan dos mundos gracias al trascurrir del agua. Y yo moviendo los dedos de mis manos puedo estar exactamente en el cruce de ambos mares. Yo, allí frente a la inmensidad solitaria del mar, soy partícipe de un encuentro, de una confluencia intangible. Y esta paradoja me conmueve. Y es desde ella que quiero lanzarme a fotografiar la ciudad.

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