
Tardíamente descubrí a Roberto Bolaño. Empecé con Estrella Distante, libro que guardaba celosamente entre los que quería leer. Fue tanta mi pena cuando lo terminé que empalmé con Nocturno de Chile. De todos esos días de lecturas de pie, en el auto, en la cama, en el avión y hasta en las madrugadas se grabó una frase. Dice así: “Sólo el dolor ata a la vida, sólo el dolor es capaz de revelarla”.
¿Qué tienen que ver mis lecturas sobre Bolaño con lo que quiero realmente escribir aquí? Unos días atrás fui al cine. Vi “Excursiones”, película sobre la cual no pretendo hacer ninguna crítica seria porque no lo sé hacer. Pero “Excursiones”, film proyectado en el Festival de Cine Latinoamericano de Lima y luego en la cartelera comercial del CPUC, me interesó porque trata sobre la amistad. Comienza con el encuentro, o mejor dicho, el desencuentro entre dos amigos de infancia que luego de muchos años se vuelven a contactar. El que toma la iniciativa es Marco. Pero utiliza un pretexto que no convence a nadie. Resulta que de un momento a otro, siendo empleado de una fábrica de golosinas, decide montar una obra de teatro basada en un guión mediocre escrito por él mismo en la secundaria. Suena a impuesto, a necesidad de impresionar o quizá a sacudirse él mismo de su monotonía. Pero el destinatario de este guión, Martín, es un antiguo camarada que ahora es un artista talentoso y muy reconocido en el círculo bohemio bonaerense.
Las angustias y la ansiedad que ambos personajes sienten cuando empiezan a re-conocerse nos remiten a nuestros propios fantasmas del ayer. Amigos que antaño fueron hermanos hoy no pueden leer las líneas impresas en sus manos. Surge la incomodidad, los silencios tensos y el conocido esfuerzo por decir, decir, decir, deciiiiir. Pero no seamos tan pesimistas. En el fondo, sí había mucho para decir.
Luego de la frustrada puesta en escena del proyecto teatral, ambos personajes sueltan antiguas rabias y malentendidos logrando un diálogo conmovedor. Para mí este fue el clímax de la película. El nudo se desata. Aquello que los alejó durante diez años fue el dolor que cada uno (a su manera) sintió frente al suicidio de un amigo común en la adolescencia. El recuerdo de ese dolor callado, junto a la culpa por no haber percibido el gesto de la muerte tenuemente anunciada, los acerca ahora y los humaniza sin darse cuenta. El dolor empieza a dar paso a la risa y a la magia. Los personajes deciden entonces mostrar sus propios colores. Literalmente. La película recupera su color. Y el proyecto/pretexto pierde protagonismo. Ya no lo necesitan para estar juntos.
Volvamos a Bolaño porque sin duda pensaba en él a la hora de reflexionar sobre esta película. ¿No será que la catarsis abre nuevas posibilidades de vida? Entiendo que Bolaño está queriendo decir que quien no conoce el dolor no conoce la vida. Paradójico, no? Pero es así como la frase de la gran poeta chileno cobra sentido en un diálogo de amigos que el director Ezequiel Acuña muestra muchos años después en su película “Excursiones”.
¿Qué tienen que ver mis lecturas sobre Bolaño con lo que quiero realmente escribir aquí? Unos días atrás fui al cine. Vi “Excursiones”, película sobre la cual no pretendo hacer ninguna crítica seria porque no lo sé hacer. Pero “Excursiones”, film proyectado en el Festival de Cine Latinoamericano de Lima y luego en la cartelera comercial del CPUC, me interesó porque trata sobre la amistad. Comienza con el encuentro, o mejor dicho, el desencuentro entre dos amigos de infancia que luego de muchos años se vuelven a contactar. El que toma la iniciativa es Marco. Pero utiliza un pretexto que no convence a nadie. Resulta que de un momento a otro, siendo empleado de una fábrica de golosinas, decide montar una obra de teatro basada en un guión mediocre escrito por él mismo en la secundaria. Suena a impuesto, a necesidad de impresionar o quizá a sacudirse él mismo de su monotonía. Pero el destinatario de este guión, Martín, es un antiguo camarada que ahora es un artista talentoso y muy reconocido en el círculo bohemio bonaerense.
Las angustias y la ansiedad que ambos personajes sienten cuando empiezan a re-conocerse nos remiten a nuestros propios fantasmas del ayer. Amigos que antaño fueron hermanos hoy no pueden leer las líneas impresas en sus manos. Surge la incomodidad, los silencios tensos y el conocido esfuerzo por decir, decir, decir, deciiiiir. Pero no seamos tan pesimistas. En el fondo, sí había mucho para decir.
Luego de la frustrada puesta en escena del proyecto teatral, ambos personajes sueltan antiguas rabias y malentendidos logrando un diálogo conmovedor. Para mí este fue el clímax de la película. El nudo se desata. Aquello que los alejó durante diez años fue el dolor que cada uno (a su manera) sintió frente al suicidio de un amigo común en la adolescencia. El recuerdo de ese dolor callado, junto a la culpa por no haber percibido el gesto de la muerte tenuemente anunciada, los acerca ahora y los humaniza sin darse cuenta. El dolor empieza a dar paso a la risa y a la magia. Los personajes deciden entonces mostrar sus propios colores. Literalmente. La película recupera su color. Y el proyecto/pretexto pierde protagonismo. Ya no lo necesitan para estar juntos.
Volvamos a Bolaño porque sin duda pensaba en él a la hora de reflexionar sobre esta película. ¿No será que la catarsis abre nuevas posibilidades de vida? Entiendo que Bolaño está queriendo decir que quien no conoce el dolor no conoce la vida. Paradójico, no? Pero es así como la frase de la gran poeta chileno cobra sentido en un diálogo de amigos que el director Ezequiel Acuña muestra muchos años después en su película “Excursiones”.

