domingo, 28 de marzo de 2010

Hoy me siento un poco Franny


Hoy me siento un poco Franny (excepto en la edad!!).Da la casualidad que los personajes de Salinger son todos adolescentes pero yo comparto algunas “áreas de interés” o “zonas neuróticas”. Se trata de la desilusión. Las desilusiones varias que empiezan a amontonarse en fila india detrás mío (o delante) y me deprimen. Me atosigan tanto que me aprietan en la boca del estómago y termino magullada. Parece una cuestión física pero todo ocurre inadvertidamente mientras me levanto de un sueño corto, mientras voy reconstruyendo vivencias. Y entonces, como siempre me ocurre con los libros que escojo leer, me topo con el personaje llamado Franny de Franny y Zooey. Recién lo empiezo a leer pero ya me cautivó la forma de ser de esta chica universitaria que se reencuentra con su novio (en realidad no sé si se le podría llamar novio) para pasar un fin de semana juntos. La gran ilusión de él empieza a desvanecerse en cuanto se sientan en un restaurante y Franny empieza a hablar. Sí, simplemente a abrir la boca. El no se esperaba encontrar tan pronto con esta parte recontra aguafiestas de Franny. Quería disfrutar un poco de creer que había encontrado la chica perfecta. Pero es que Franny está tan llena de desilusión acerca de todo, de su carrera, del teatro, de los poetas, de la amistad, de la hipocresía, de la literatura, de la SOCIEDAD. Ella no quiere seguir hablando porque sabe todo lo que está generando en el buen Lane (él que además estaba sumamente contento por poder al fin haber logrado estar “en el lugar adecuado con la chica adecuada, o de aspecto adecuado”), pero las palabras brotan de su boca con la fuerza con la que el champan se dispara cuando descorchamos una botella. Claro que ella sufre de algo peor que yo. No es que se haya desencantado de alguien o de siquiera un puñado de mortales sino de todo y todos: “No sólo es Wally… Es todo el mundo, quiero decir. Todo lo que hace la gente es tan…, no sé…, no es malo, ni siquiera mezquino, tampoco estúpido necesariamente. Simplemente tan minúsculo e insignificante, y… deprimente. Y lo peor es que, si te vuelves bohemio o algo así de loco, sigues siendo tan conformista con los demás, sólo que de un modo diferente”. Eso es. Cada uno experimenta su propia desilusión pero obviamnete me identifico con la decepción femenina en este caso. Me voy a seguir leyendo porque esto está casi como una buena sesión de análisis…

viernes, 19 de marzo de 2010

Salinger y sus imágenes entrañables


-Señorita Carpenter. Por favor. Yo sé lo que estoy haciendo -dijo el joven-. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para los peces banana.

-No veo ninguno -dijo Sybil.

-Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas. Siguió empujando el flotador. El agua no le alcanzaba al pecho. -Llevan una vida muy triste -dijo-. ¿Sabes lo que hacen, Sybil? Ella meneó la cabeza.

-Bueno, te diré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero una vez adentro, se portan como cochinos. ¿Sabes?, he oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas -empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más cerca del horizonte-. Claro, después de eso engordan tanto que no pueden volver a salir. No pasan por la puerta.

-No vayamos tan lejos -dijo Sybil-. ¿Y qué pasa después con ellos?

-¿Qué pasa con quiénes?

-Con los peces banana.

-Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo?

-Sí -dijo Sybil.

-Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.

-¿Por qué? -preguntó Sybil.

-Contraen fiebre platanífera. Es una enfermedad terrible.

-Ahí viene una ola -dijo Sybil nerviosa.

-La ignoraremos. La mataremos con la indiferencia -dijo el joven-, como dos engreídos.

Mientras más leo a Salinger más crece mi necesidad de seguirlo. Luego de leer “The Catcher in the rye” y “Nine Stories” tengo que tenerlo cerca. En mi cartera fijo. Es imposible que esto no suceda si uno ha sentido ganas de recitar sus diálogos de memoria para declamarlos cuando la vida se pone fea. Claro que este fragmento de “Un día perfecto para el pez plátano” no es nada alentador. Pero igual funciona. Un joven desequilibrado mentalmente que está de luna de miel con su “chiquita” mujer está en una playa de un hotel de la Florida y mientras se dirige al mar se encuentra con una niña que lo busca para nadar juntos. Y es allí donde él anuncia, mediante la metáfora de los tristes peces plátano que entran en un agujero del que no podrán salir más, sus planes mortíferos.
Holden Caufield, el protagonista de El Guardián entre el centeno, es otro personaje entrañable por su irreverencia, su rebeldía, su forma de lidiar consigo mismo. Pero también es entrañable por algo más sencillo. Porque no deja de preguntarse a dónde irán a parar los patos de Central Park en temporada de invierno mientras recorre solitario Manhattan. Si bien para él esta es una pregunta casi existencial, cada vez que pide una explicación lo miran con cara de loco. Esta sensación de ser incomprendido recorre todo el relato. Entiendo que esta inquietud por los patos alude a tantas cosas juntas, tantos miedos y tanta incertidumbre!. Tantas cosas que damos por sentado de la vida o tantas cosas que pasan a nuestro alrededor y que nos son totalmente indiferentes!. Me pregunto... ¿cómo hizo para construir estas imágenes tan buenas portadoras de las vicisitudes del sufrimiento humano?

viernes, 12 de marzo de 2010

Del Duelo y sus recorridos

Estaba en casa y esperaba que la lluvia llegara, es una frase triste. Quien la pronuncie puede jactarse de conocer el aburrimiento, el sinsentido, la pena y la desesperación. Pero quienes realmente viven de verdad aquel tormento (o eso sentimos los espectadores) son las cinco mujeres que representan la pieza teatral llamada también Estaba en casa y esperaba que llegara la lluvia que dirige Gustavo López Infantas.
Quien se lanza a ver esta puesta en escena con algún rezago de duelo no sublimado corre peligro. Verdad. Si esta obra nos sorprende mirando al vacío o haciéndole guiños a los cuentos de Salinger, podemos desvanecer y caer justo al llegar al umbral de la puerta como lo hace el tan esperado “joven hermano” a quien estas mujeres han esperado por muchos años y que cuando llega tendrán que seguir esperando que despierte de un sueño profundo llamado muerte? Son tres generaciones de mujeres que esperan juntas, aglutinadas mejor: la abuela, la hija, las nietas. Ninguna puede vivir sin la otra y ninguna puede prescindir del recuerdo del hermano que partió. El es el sol de sus vidas desperdiciadas.
Quienes estamos en las butaca (no sé si llamarme espectadora o actora) contemplamos las varias vivencias de los interminables años de esperar a que la lluvia cayera. Reconocemos también las vivencias que cada una de estas mujeres tiene a la llegada del prácticamente moribundo hermano que regresa disque de la guerra. ¿Por qué el joven regresa para morir en su hogar si por tantos años vivió alejado de él? ¿Será que la guerra y el exilio nos despojan de nuestra piel e intentar regresar a la vida (al hogar) es sólo un imposible?
En “la espera” (que ocupa la mayor parte de la vida de estas mujeres) ocurren muchas cosas. Cada uno de estos personajes podrían ser distintos puntos de vista o diferentes formas de vivir la ausencia. Cada uno de ellos nos muestra una faceta de nosotras mismas frente a la muerte y a los tiempos inertes. Está la hermana mayor, profesora de niños que acostumbra a sacarle la vuelta al dolor pero sin llegar a lograrlo, la que sabe cómo se usan los escudos sobre el pecho. La hermana del medio que cree ser la más querida por su hermano y que no renuncia a ponerse su vestido rojo para volver a bailar con él. La hermana menor, aguda y abandonada en su soledad, acusa a las grandes de no haberle prestado atención y de no haber impedido que el hermano se fuera así como así para nunca regresar. La madre egoísta, posesiva, fría e indiferente como un roble frente a las emociones de sus hijos. La abuela, pisando tierra firme. Y el padre tan mentado, ausente.
¿Qué pasa con la mirada que la sociedad tiene del duelo y de la vivencia de dolor por un ser querido que ya no está más? ¿Existe una etiqueta de lo que sería el buen llorar a un muerto como ironiza Cortázar? Aquí se muestra que “el qué dirán” sobre la forma de lidiar con la pérdida es importante. Si nos extraviamos en la pena y el dolor nos absorbe la vida, está bien visto. Si mostramos momentos de flaqueza y cierto olvido sano, acusadas.
Se sugiere entonces que la desaparición nos mantiene con vida porque guardamos esperanza y, por el contrario, la muerte definitiva nos quita movilidad porque ya no hay nada que hacer? ¿puede la añoranza convertirse en un motivo de vida más que suficiente? Recuerdo entonces ahora por qué Salinger tiene en su haber algunos personajes femeninos que viven de un recuerdo o de una buena imagen que representan tiempos mejores. Ramona, por ejemplo, y su novio imaginario; Eloise y el tío Wiggily; Seymour Glass y sus “bananafish”. Cada quien haciendo uso de su historia de vida para soportar o simplemente gozar.

lunes, 8 de marzo de 2010

Adicción austeriana

Tengo una manía. Cada cierto tiempo me vuelvo adicta a un autor en particular y no puedo dejarlo hasta que voy encontrando similitudes y temas recurrentes entre una obra y otra. Quizá tengo la manía de buscar lo permanente que está detrás de las palabras y la ficción. La más reciente víctima de esta suerte de acecho literario es Paul Auster. Yo ya había leído Mr Vértigo, La Invención de la soledad y la Trilogía de Nueva York. No me enamoré hasta que leí El libro de las ilusiones y El Palacio de la Luna. Ahora tengo en mis manos Invisible, la nueva novela que ha sido descrita como el Crimen y Castigo de Auster. Yo no lo sé. Lo que sí encuentro es un giro notorio en su temática. Si antes yo luchaba por no sucumbir a la atmósfera urbana decadente donde los personajes solos, abandonados, no repuestos nunca de pérdidas significativas, privados de cualquier atisbo de libido y desganados de sí mismos casi hasta la muerte, en Invisible, sucede todo lo contrario. Si bien también estamos frente a personajes sufrientes, confundidos, desadaptados e indudablemente apasionados por algún tipo de arte, ahora están tan enredados en las cadenas de eros que hasta lo incestuoso aparece como bello.
Lo interesante esta vez es que en Invisible se narran dos historias paralelas. El libro comienza con la primera parte del manuscrito que Adam Walker, un hombre maduro que está a punto de morir producto de una leucemia, escribe en sus últimos días. Esta primera parte de su proyecto se la envía a un viejo amigo de la infancia, escritor y crítico literario también, a quien no ve hace mucho tiempo junto a una carta en la que le pide consejos para resistirse al bloqueo y poder culminar su obra. La novela que se esconde detrás de esta NOVELA es la propia vida atormentada de Walker. Se trata del joven sensible que estudia literatura en la Universidad de Columbia (este dato podría ser autobiográfico) y que una noche de fiesta se encuentra con una pareja de franceses que le proponen sorpresivamente llevar a cabo su más grande sueño: dirigir una revista literaria neoyorkina de excelente calidad. Las cosas se complican demasiado entre los tres mientras el autor nos va contando quién es, cómo es su familia, de qué traumas tempranos padece, por qué la relación más que seductora con su hermana, su culpa… Uno va atando cabos entre todo aquel pasado y el ahora que cada vez más adquiere un matiz perverso y vengativo. Walker construirá inconscientemente toda su vida alrededor de ese alguien que un día se volvió invisible y que no ha podido olvidar. El vacío será paradójicamente el motor de su vida.
Aún no llego a la última parte pero no dejo de sorprenderme cada vuelta de página. La acción y la reflexión van de la mano en este libro. Como siempre sucede con el Auster que he llegado a conocer hace poco. Podría ponerme a pensar qué de lo que escribe me enganchó ahora y no antes. O es que cogí las obras equivocadas. No sé acerca de sus influencias pero mientras leo Invisible recuerdo a Salinger de El Guardián entre el Centeno (que leí hace poco con motivo de su fallecimiento. Siempre pienso por qué el interés surge con la muerte). Sin duda que Adam Walker y Holden Coulfield (íconos de una parcela de la sociedad norteamericana?), se parecen en la forma que ambos tienen de preguntarse y asombrarse por las cosas que los demás no se percatan de la vida. Son seres incomprendidos, soñadores, rebeldes, sufridos porque poseen grandes dudas como claras certezas. En fin, ya estoy pensando qué leer de Auster cuando acabe Invisible.

jueves, 4 de marzo de 2010

Teatro de hoy: ¿La Era del Minuto?


Para los que nos acercamos a la base cuatro, Cocina y zona de servicio la atinó por su cómica manera de hablarnos sobre los grandes temas existenciales que nos aquejan hoy. Soy de la generación que está insatisfecha de todo. Del amor, del cuerpo, de rumiar tanto. Soy de la generación de los matrimonios sombríos y agotados, de las solterías histéricas, del vacío detrás del éxito monetario, de la desadaptación crónica, del egocentrismo y la adicción, del aferramiento al ritmo, de la eterna rebeldía con o sin causa.
A diferencia de la vida, en Cocina y zona de servicio todo transcurre en la cocina de la casa perfectamente puesta por una pareja de esposos que han acostado a sus hijos pequeños y que se han preparado con nerviosismo para recibir a una pareja de invitados que no ven hace diez años y que para colmo se tardan dos horas en llegar. ¿Se trata de la ansiedad por el reencuentro? ¿Por el propio paso del tiempo? ¿Por lo que quedó inconcluso entre los cuatro? ¿Por la “felicidad” que aún no logran saborear a pesar del intento? Lo que sí es cierto es que las cosas han cambiado para todos. Con expectativas distintas y, lo que es más, con historias de vida diversas, ocurre este fracasado encuentro. Ninguno quiere mostrarse, ninguno quiere aceptar frente al otro el rumbo elegido. La nostalgia por los tiempos pasados es notoria. La necesidad de ocultarse detrás de un puesto importante o unos tacones altos, lo cotidiano. La incomprensión eterna y el fracaso laboral. La plata. El bacalao que no sabe bien. La ceguera como consecuencia de la convivencia monótona. La resignación y la desesperación. Los hoteles sofisticados y los de mala muerte. La huida. La infidelidad. Y todo aprisionado en el estrecho bolsillo de un pantalón usado.
Si hacemos el esfuerzo de ponernos serios (cosa casi imposible), Marisol Palacios, la directora de esta divertida comedia, pone sobre el tapete el tema de la elección. Y es que llegado cierto momento de la vida el perfecto edificio que algunos pensábamos haber construido resulta que se desploma por completo en el tiempo que nos toma encender un cigarrillo. Y de ahí en adelante, todo responde a los ciclos caóticos del adentro. Y al que no le ocurre esto, entonces no puede reírse con el mismo placer. O a lo mejor no puede contemplar la actuación de Miguel Iza sin gozar de esa mezcla de lucidez, humor, crudeza, pesimismo y ternura que caracterizan a su personaje. Es como si él estuviera allí para traducir los gestos, para mirar hacia adentro, para retirar el velo del optimismo ridículo o para recordarnos que también nos podemos dar licencias en nombre de las grandes búsquedas, de los negros vacíos y de los cabos sueltos. ¿Será posible?