Estaba en casa y esperaba que la lluvia llegara, es una frase triste. Quien la pronuncie puede jactarse de conocer el aburrimiento, el sinsentido, la pena y la desesperación. Pero quienes realmente viven de verdad aquel tormento (o eso sentimos los espectadores) son las cinco mujeres que representan la pieza teatral llamada también Estaba en casa y esperaba que llegara la lluvia que dirige Gustavo López Infantas.Quien se lanza a ver esta puesta en escena con algún rezago de duelo no sublimado corre peligro. Verdad. Si esta obra nos sorprende mirando al vacío o haciéndole guiños a los cuentos de Salinger, podemos desvanecer y caer justo al llegar al umbral de la puerta como lo hace el tan esperado “joven hermano” a quien estas mujeres han esperado por muchos años y que cuando llega tendrán que seguir esperando que despierte de un sueño profundo llamado muerte? Son tres generaciones de mujeres que esperan juntas, aglutinadas mejor: la abuela, la hija, las nietas. Ninguna puede vivir sin la otra y ninguna puede prescindir del recuerdo del hermano que partió. El es el sol de sus vidas desperdiciadas.
Quienes estamos en las butaca (no sé si llamarme espectadora o actora) contemplamos las varias vivencias de los interminables años de esperar a que la lluvia cayera. Reconocemos también las vivencias que cada una de estas mujeres tiene a la llegada del prácticamente moribundo hermano que regresa disque de la guerra. ¿Por qué el joven regresa para morir en su hogar si por tantos años vivió alejado de él? ¿Será que la guerra y el exilio nos despojan de nuestra piel e intentar regresar a la vida (al hogar) es sólo un imposible?
En “la espera” (que ocupa la mayor parte de la vida de estas mujeres) ocurren muchas cosas. Cada uno de estos personajes podrían ser distintos puntos de vista o diferentes formas de vivir la ausencia. Cada uno de ellos nos muestra una faceta de nosotras mismas frente a la muerte y a los tiempos inertes. Está la hermana mayor, profesora de niños que acostumbra a sacarle la vuelta al dolor pero sin llegar a lograrlo, la que sabe cómo se usan los escudos sobre el pecho. La hermana del medio que cree ser la más querida por su hermano y que no renuncia a ponerse su vestido rojo para volver a bailar con él. La hermana menor, aguda y abandonada en su soledad, acusa a las grandes de no haberle prestado atención y de no haber impedido que el hermano se fuera así como así para nunca regresar. La madre egoísta, posesiva, fría e indiferente como un roble frente a las emociones de sus hijos. La abuela, pisando tierra firme. Y el padre tan mentado, ausente.
¿Qué pasa con la mirada que la sociedad tiene del duelo y de la vivencia de dolor por un ser querido que ya no está más? ¿Existe una etiqueta de lo que sería el buen llorar a un muerto como ironiza Cortázar? Aquí se muestra que “el qué dirán” sobre la forma de lidiar con la pérdida es importante. Si nos extraviamos en la pena y el dolor nos absorbe la vida, está bien visto. Si mostramos momentos de flaqueza y cierto olvido sano, acusadas.
Se sugiere entonces que la desaparición nos mantiene con vida porque guardamos esperanza y, por el contrario, la muerte definitiva nos quita movilidad porque ya no hay nada que hacer? ¿puede la añoranza convertirse en un motivo de vida más que suficiente? Recuerdo entonces ahora por qué Salinger tiene en su haber algunos personajes femeninos que viven de un recuerdo o de una buena imagen que representan tiempos mejores. Ramona, por ejemplo, y su novio imaginario; Eloise y el tío Wiggily; Seymour Glass y sus “bananafish”. Cada quien haciendo uso de su historia de vida para soportar o simplemente gozar.

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