
La vida de pronto me exige congelar vivencias. Tolerar que el otro está y no está y contener la necesidad imperiosa de compartir los pensamientos que a raudales se aparecen dando el más mínimo paso hacia adelante, hacia atrás. Y me pregunto qué habrá del otro lado. Del lado del silencio infinito que a su vez me habita. Mi vida plagada de encuentros y desencuentros me colma y me abruma sin poder encontrar el lugar equidistante donde las preguntas y las angusias no existan. Mientras tanto, la ansiedad ya hizo estragos irreversibles y la dicha tintenea en mi pecho chiquito, incapaz de ofrecer una lágrima al mundo más cercano. Envuelta en mis propias ideas atávicas y harto conocidas me asomo como niña hacia el paisaje y no puedo saber si lo que veo es bello o tenebroso. Todos los apoyos conquistados y las batallas ganadas se desvanecen en el instante perfecto del encuentro con la vivencia. Eternamente circular?

