martes, 27 de octubre de 2009

Tu Amistad


A ti que me hiciste llorar…
Te escribo a ti porque me ayudaste a perder la noción del tiempo siquiera por un rato, un rato que para mí tuvo la forma de un gran círculo. Y su perímetro por el que andábamos y andábamos era una soga tan gruesa capaz de cobijar mis pies y los tuyos. Tú adelante mío, yo adelante tuyo y, por qué no, ambas de la mano, una al lado de la otra desafiando todas las leyes de la gravedad, de la lógica. Ah, y también danzábamos girando y girando muy juntas, como un trompo que no puede detenerse, acompañadas de nuestras existencias lejanas, de recuerdos, mirándonos, buscándonos con ayuda de nuestras manos o quizá siguiendo el rastro de nuestros olores a casa, a leche, a guiso tibio.
Desde tu pena y tu dolor, me devolviste la ilusión que no encontraba en estos días, tú sin saberlo me llevaste de la mano muy suavemente por caminos donde la palabra existe, tu sin saberlo le devolviste a mi cuerpo algo de su brillo, tú en medio de la oscuridad me orientaste a hacer algo tan sencillo como puede ser prender la luz del cuarto. Sólo mostrándote. Hace bien tu presencia y también tu ausencia, aunque parezca raro, porque tú permites que se te lleve dentro, en el corazón. Con ese mismo corazón con que tú dices me lees, me intuyes, me entiendes.
Escribo contra el reloj, con la ansiedad de no poder decir todo lo que quiero (vieja tara en mi existencia), con la ansiedad de que ya pronto puedas leerme para que no te sientas tan sola, para que recibas esto como un regalo de mi corazón al tuyo, para devolverte la mirada tierna que tienes y que me haces tener.
Me pareció que entre nosotras hablando suceden muchas cosas… tu gato que se envuelve en la colcha sin poder salir de allí porque siente todo lo que pasa, el aroma del café sosteniendo nuestras miradas viscerales, la gente allá afuera dando vueltas a nuestro alrededor en plena lucha diaria pero perdiéndose esto, los fantasmas negros, deformes, turbulentos que entran y salen de nuestro círculo que nos envuelve, que nos devuelve. Me pareció que aquello que sucedió hoy entre nosotras merecías saberlo de mí.

viernes, 16 de octubre de 2009

Cuerpos fértiles


Si existe la capacidad de plasmar en un torso de mujer un estado de ánimo, si existe tal cosa… su dueña es Luz Negib. Tuve la suerte de encontrarme con la propietaria de Artco y hacer juntas un recorrido por la muestra llamada Torsos. Se me acaba de ocurrir que mis visitas furtivas a las galerías de arte podrían beneficiarse mucho de entrevistas: al artista? al galerista?, a un visitante como yo?, o al lienzo mismo y esperar que desde él salga alguna pregunta, alguna respuesta. De los cuadros de Negib, por decirlo, salen colores intensos, mariposas, espaldas sumamente contorneadas, senos intensamente sensuales, plumas de nidos, lluvia, puñales, atados de nervios, ojos que lo pueden ver todo. En fin, Negib refleja la variada vida sentimental de una mujer y se vale del cuerpo para expresarla. Deduzco que la relativamente añosa artista aún sigue preguntándose acerca de sí misma, aún sigue elaborando su experiencia íntima como mujer. Ella apunta: “… a pesar de cualquier angustia interior, pretendo que mi pintura refleje el aspecto gozoso de la existencia”. Exacta manera de describir su proyecto pues quien contempla sus pinturas se va con la sensación de que la dicha no es enemiga del dolor, de que el frío puede inmiscuirse por los pliegues tibios de nuestro vientre. Me entero de que Negib tiene un proceso de creación alucinante. Ella recoge imágenes de creaciones anteriores, a las que llama “padre” y “madre”, y se sirve de ellas para lograr una nueva propuesta. Logra así obtener un resultado tejiendo elementos que vienen de otros momentos y otras inquietudes. Al final, lo que vemos es la acumulación lenta de muchos años de existencia. Se nota a leguas que los torsos “padre” y “madre” de esta muestra apenas están delineados. Más parecen reflejar un paisaje cualquiera. Pero en las últimas creaciones parece que el paisaje se metió en su cuerpo, en el mío y en algún otro desconocido. La vivencia pasa de estar afuera a estar dentro, bien cerca de la sangre, bien cerca de la piel. ¿Por qué este giro? ¿Qué emociones que no conocemos nos depara el paso del tiempo en relación a nuestro cuerpo? Hoy, por ejemplo, visitaba una amiga que es dulcemente mamá de un recién nacido. Ella, al igual que Negib, también me hablaba de su transformación radical y de su necesidad de plasmar toda su vivencia en algún lugar de su cuaderno de vida. No sé por qué terminamos hablando de Paul Auster, El Angel de Ocongate, Bolaño, El Quijote… Luz, tienes alguna respuesta?

sábado, 10 de octubre de 2009

La Mujer de Antes, ahora más que nunca


Como parte de la IV Muestra Internacional de Teatro de Lima se presentó La Mujer de Antes, un montaje de la Compañía mexicana Línea de Sombra, que aborda grandes temas con poca escenografía. Adaptación de Roland Schimmelpfennig, la originalidad de la obra está en el manejo acertado del tiempo. En un vaivén que va de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante, todo lo que presenciamos transcurre durante una sola noche. Admirable la capacidad de los actores de volver sobre sus pasos y repetir las escenas a manera de un rompecabezas. Los gestos, el tono de voz, los movimientos del cuerpo son los mismos en momentos distintos como si hubieran sido grabados y al hacer rewind los volviéramos a ver reflejados en una pantalla. De fragmento en fragmento se construye la historia. Una historia que comienza con una pareja que luego de 19 años de estar casada decide mudarse con su hijo adolescente a otra ciudad. Las luces de los carros reflejadas en las ventanas del departamento, los sonidos metálicos al fondo pero nítidos y los jeans obligados sirven para situar esta historia en alguna gran urbe que aplasta. Quizá por eso la mudanza. Quizá por eso las cajas pesadas regadas por todos lados. Pero la llegada de la que fue enamorada del esposo durante un verano de su lejana adolescencia interrumpe inesperadamente en la escena para reclamar ese amor perpetuo que el joven de aquellos días le prometió. La aparición es absolutamente absurda pero lo que sigue es un drama que cobra matices terroríficos. Paralelamente, el joven hijo de esta pareja vive un amor intenso y así como el padre, promete el mismo amor eterno como lo hizo aquél hace muchos años atrás con esta mujer que ahora regresa. Estas dos historias se entretejen y el desenlace final es una tragedia danzada. Sí, danzada porque descubrimos hacia lo último a unos actores que demuestran muy bien sus iras, celos, desilusiones y violencia con el lenguaje del cuerpo.
Quién es esta mujer tan inocente que se aparece así como así luego de 24 años a reclamar sus derechos como mujer cortamente amada que fue? Quién es esta mujer que en el lapso de unos minutos tiene la capacidad de traerse abajo toda una vida construida en familia? Como si fuera una prueba de fuego para esta pareja o como si fuera el fantasma del pasado que habita en ellos, esta mujer más bien representa los antiguos deseos, lo perdido, las ilusiones cortas, la canción. Pone en evidencia lo que los años de vida en común, pueden, paradójicamente, corromper. El marido ha olvidado cantar, la esposa guarda con recelo y nostalgia los buenos momentos y el hijo, que aún no puede dejar sus juguetes de la infancia vive un amor de juventud. El tiempo ha enterrado lo que cada quien fue y lo que tuvo. Pero el tiempo también es capaz de preservar encapsulado el amor de verdad. Así lo demuestra esta mujer que viene no sé sabe de dónde ni hacia dónde va pero que lleva consigo un gran poder.

sábado, 3 de octubre de 2009

¿Sigmund Freud leyó a León Hebreo?


Después de leer algo de la obra de Freud es imposible vivir sin preguntarnos todo el tiempo por qué, por qué y por qué. Es imposible no pensar qué me habrá querido decir?… es imposible no leer el diario y no fantasear o estar manejando y no imaginar la vida que se esconde detrás de cada conductor. Qué persecutorio!! Pero no puedo negar que eso me pasa todo el tiempo. Así que contaré mis peripecias mentales leyendo la traducción de los Diálogos de amor de León Hebreo.
Filón y Sofía, personajes de la obra renacentista, hablan sobre el amor pero no pueden amarse (alta dosis de neurosis?). Filón es el amante ideal (o sea, no existe) y Sofía es la amada ingrata que se niega a acceder al deseo de Filón (histérica innata?). Los convoca sus diferencias acerca del deseo y el amor. Sofía dirá que el deseo nace de una falta porque uno desea lo que no tiene. Y lo que no se tiene no puede amarse. En suma, lo que se desea no se ama. Filón, por el contrario, cree que el deseo y el amor sí pueden coincidir más aún cuando la fantasía está de por medio (alucinación?).
Si pisamos el palito nos corremos el riesgo de que el amor se estropee, según Sofía. Desde su filosofía o experiencia de vida, todo amor llega necesariamente a su fin, se agota. Decide racionalmente entonces no responder al amor de Filón porque si lo hace estaría corrompiendo la perfección de ese amor puro. Entonces se ofrece como intocable. Porque si se entrega, Filón dejaría de ser el gran amante y ella la dulce amada. Y eso sería lo peor. Lo chotea pues. Y encima le pide a Filón que le prometa seguir hablando acerca del amor (qué sadomasoquista!).
Efectivamente, Filón se encuentra (inconscientemente?) con Sofía y ésta le pide que se siente a la sombra de un árbol a conversar (como en el diván?). Se disponen a hablar de lo prometido, del origen del amor, pero Filón no recuerda la promesa porque su congoja de no ser correspondido por Sofía es tan grande que anula toda posibilidad de pensar (qué envidia!) Hablan de amores enredadísimos, aquellos de los que no conocemos mucho los simples mortales. El amor entre las cosas inanimadas, los cuerpos celestes, los dioses griegos. Filón profundo explica que todo el universo se mueve gracias a las fuerzas del amor. Y que las cosas que existen en este mundo son más o menos evolucionadas según el grado de amor con que copulan el cielo (padre) y la tierra (madre). Definitivamente platónico. Pero Sofía cuestiona porque no entiende cómo puede existir amor entre las formas inanimadas. Filón ya casi sin aire habla de la existencia de un amor esencial que es causa y fin último de todas las criaturas que habitan el universo. Hasta que al final del diálogo ambos (al borde del delirio) concluyen que “el amor es una ligadura que une todo el mundo”. Y se cierra el telón hasta un nuevo encuentro.
¿Será que Freud leyó a León Hebreo antes de escribir sobre Eros y Tánatos? ¿Podemos ver en Filón la expresión más audaz de la pulsión de vida y en Sofía la pulsión de muerte? O más certeramente, ¿No es que Filón y Sofía nos pertenecen a todos?