sábado, 26 de marzo de 2011


La vida de pronto me exige congelar vivencias. Tolerar que el otro está y no está y contener la necesidad imperiosa de compartir los pensamientos que a raudales se aparecen dando el más mínimo paso hacia adelante, hacia atrás. Y me pregunto qué habrá del otro lado. Del lado del silencio infinito que a su vez me habita. Mi vida plagada de encuentros y desencuentros me colma y me abruma sin poder encontrar el lugar equidistante donde las preguntas y las angusias no existan. Mientras tanto, la ansiedad ya hizo estragos irreversibles y la dicha tintenea en mi pecho chiquito, incapaz de ofrecer una lágrima al mundo más cercano. Envuelta en mis propias ideas atávicas y harto conocidas me asomo como niña hacia el paisaje y no puedo saber si lo que veo es bello o tenebroso. Todos los apoyos conquistados y las batallas ganadas se desvanecen en el instante perfecto del encuentro con la vivencia. Eternamente circular?

jueves, 24 de marzo de 2011

con sueños y sin poder dormir


Después de largo tiempo de ausencia de escritura decido hoy por algún motivo sombrío volcar palabras sobre mi plataforma abandonada. Pensaba que ya está bueno de seriedad y de libros, críticas de teatros, exhibiciones e inspiraciones patéticas. Que por estos dias necesito jugar con el lenguaje y recoger piedritas a la orilla del mar. Imaginar grandes hazañas de amor inspirada en sonatas de Grieg y en quien no se cansa de lanzarme a trazar caminos inéditos e infinitamente anchos, aterradores pues. Y mientras los sueños se acumulan en mi cuerpo, ahora despierto, descubro que mis dos manos no alcanzan a entender las historias de vida que están detrás de cada acción llevada al límite de la violencia; hay una mar cruel que viene y se va sin respetar el ritmo de mi movimiento fantasmal. De cuántas ideas confusas podría tatuar hoy mismo mi nuca? y en mi ingenuidad pensar que así logro deshacerme de ellas... tonterías de quien desea imposibles piruetas en la blancura caótica del espacio uterino...

miércoles, 5 de mayo de 2010

Blogera, por ende, voyeurista

¿Será que una nueva faceta de personalidad empieza a nacer desde que investigo qué cosas se escriben en los blogs? Mi pulsión voyeurista (esa que andaba bastante bien camuflada) se ha destapado desde que entré al mundo de los blogs. Si los usuarios de facebook eran mis peores enemigos ahora estoy muy cerca de parecerme a ellos desde que me asedia la compulsión a chequear nuevos posts en los blogs que sigo. No estoy hablando de una entrada al día. No. Esto es algo serio. Estoy hablando de visitas permanentes que pueden darse en un lapso muy cortito de tiempo. Minutos? Sí. Y del otro lado, la adicción por postear seguro es tanta que al empatar con mis “carencias” podríamos hablar de un seguimiento simultáneo, de un baile acompasado aunque no conozca personalmente a mi interlocutor. No importa. El juego no está en la piel. Un acecho así, de darse en la vida real, terminaría por asfixiar a mi partenaire. Entonces, con qué raza me ponía yo a criticar a los usuarios de facebook que andaban investigando la vida de los otros si soy una bloggera /lectora adicta?
Curioso que algunas variantes de socialización tridemensional, es decir, real, se repitan a la hora de ponerme en contacto con la virtualidad: prefiero poco antes que mucho y ya con eso tengo angustias para rato; con dificultad establezco contacto sin llegar al autismo pero rozándolo; y claro, un perfil bajo, bajísimo. Y así voy fluyendo hasta llegar al regozijo y regreso al punto cero.
No es casual que El mal de Montano de Enrique Vila Matas sea mi nuevo compañero de cabecera. Comprendo esas patologías adictivas relacionadas a la lectura. Pero más que nada, conozco esa necesidad de acumular volúmenes y de ir rondándolos hasta encontrar el momento emocionalmente preciso para lanzarme a ellos y coger alguno.

martes, 27 de abril de 2010

Octavio Paz y mis laberintos


¿Existe la manera de escribir un ensayo literario sin que lo autobiográfico del autor este presente y existe la manera de leerlo sin que lo personal vaya aflorando entre líneas? Mientras leo El laberinto de la soledad de Octavio Paz es inevitable no dialogar, no ligar. Y para eso se necesitan dos. El interés de Paz por colaborar con su país reflexionando y escribiendo acerca de la historia mexicana y la incansable (y frustrada) búsqueda de identidad, ¿no nace de observarse y preguntarse primero él acerca de su sí mismo? Sus ensayos son un cuerpo híbrido que va desde lo literario, lo histórico, lo psicológico, lo antropológico hasta lo autobiográfico. Y todo escrito poéticamente. ¿Acaso la poética puede estar aislada de cualquier acto de pensar y escribir, de vivir?. Paz parte de su yo para entender su mexicanidad, de su yo mexicano para entender el lugar del mexicano en el mundo y desde allí para entender la subjetividad del Hombre. De lo más particular a lo infinitamente universal. Si bien El laberinto de la soledad es un análisis de la identidad del sujeto mexicano desde una mirada social, no cabe duda de que el psicoanálisis y el análisis personal (intuyo) del autor están presentes. Freud y La religión monoteísta fue un referente según Paz. Y no es casual tampoco que mientras más leo, más crece mi sesgo profesional. Y entonces entro yo a tallar allí. En esas páginas de gran tinte político entro yo a tallar: dialogando con esa parte que dio origen al gran proyecto de construir una identidad nacional por medio de la palabra. Yo hago lo mismo a mi manera y en mi propia escala. Me identifico con ese proyecto de vida que es pensar quiénes somos desde las humanidades para entendernos en el presente. Pero, ¿podremos llegar a quitarnos todas las máscaras que nos hemos fabricado para vivir en sociedad como cree Paz que debemos hacer para ser por fin naciones latinoamericanas con historia y personalidad propia? Debemos conocer nuestras necesidades para implementar un plan de acción macro y y su equivalente en micro. Como dice José Martí en Nuestra América: dejaremos de seguir aplicando fracasadamente soluciones extranjeras a conflictos internos cuando sepamos quiénes somos y qué queremos. Ambos autores no conciben el desarrollo de América Latina sin poner la mirada en el adentro (en todas las dimensiones posibles). ¿No es esto lo que hacemos en nuestro quehacer diario? ¿no es el afán de Paz el mismo afán nuestro de desechar nuestro falso self? ¿No puedo yo entonces hacer el recorrido al revés, e ir de lo universal, leyendo a Paz, hacia lo más íntimo sumergiéndome en mi misma? Aunque el riesgo sea perderse en el laberinto, sí.

sábado, 17 de abril de 2010

Un libro que le canta a la vida



Acabo de leer una pequeña novela llamada Así que Usted comprenderá de Claudio Magris. De Magris no se puede decir que he leído pues luché para no soltar El Danubio, pero no pude. Sentí que me enfrentaba a una especie de enciclopedia magistral a pesar de los influjos de honestidad. Totalmente frustrada, decidí explorar otras cosas escritas del autor y así encontré que podía volver a intentar por Magris con este relato. Y la chunté. Aquí el ensayista recoge y a la vez recrea el mito de Orfeo para, según los críticos, hacerle un homenaje a su esposa muerta algunos años atrás. Es en buena cuenta un libro que se inspira en el dolor por la pérdida de su amada pero que logra ir más allá de la catarsis. Es una bella oda al amor e incluso a la muerte (si no la concebimos desde lo occidental).
La voz de Eurídice/esposa narra esta travesía agónica pero esta vez ya no se tiñe de fracaso porque Magris inserta un giro en la versión clásica del mito. Ya no es Orfeo el débilmente enamorado que vuelve la mirada a Eurídice porque no puede controlar más su deseo por verla antes de llegar a la cima del laberinto y entonces lo dioses del Olimpo lo castigan volviendo a sumergir a Eurídice en el silencio. Ahora todo es más complejo. Porque el viaje al inframundo no sólo tiene el sentido de recuperar a la persona perdida sino de encontrar respuestas a las grandes interrogantes que aquejan al poeta/Magris, y, en general, a la humanidad entera. Es que si el enamorado lograba penetrar en aquellos pasillos oscuros donde habita la muerte, el hechizo de la vida, su magia, se perdía. Y se perdía aún más el poeta. Es interesante cómo Magris transforma así lo clásico. Sugiere a mi modo de ser, que el intento de buscar la verdad vale más que la verdad misma una vez encontrada. Eurídice lo dice. Sabe que si ella hubiera decidido volver a la luz (porque estaba en ella la responsabilidad del fracaso de esta nueva oportunidad y no en Orfeo) hubiera traicionado a Orfeo/Magris porque le hubiera quitado el misterio necesario para que pueda seguir componiendo. Como si hubieran cosas que deben permanecer en el misterio para que nosotros, los vivos? podamos seguir aquí. Claro que a costa de las enredaderas. La negativa de Eurídice de retornar al mundo de los vivos está fundada justamente en el amor que siente por su hombre perdido. Aunque un poco de cansancio y desilusión por el mundo en que habitamos los vivos también la detiene.
Parece que Magris no hace aquí una apología del dolor, cosa que pensaba y esperaba encontrar… sino una entonación de canto vital.

miércoles, 14 de abril de 2010

Movimientos personales

Sufro de un síndrome intermitente de infelicidad. Es una patología que debería estar registrada en cualquier manual básico de psiquiatría y no lo está. Su incidencia es vergonzosa en estos tiempos de turbulencia y globalización. Su etiología no tiene una explicación clara. El ritmo severo de mis pasos van perdiendo tonicidad y se tornan meditabundos, circulares, envolventes sin responder a nada en particular. Y el síntoma más vistoso, es decir, el miedo, aparece precisamente cuando vamos a alzar vuelo. Tropezamos con alguna neurona traicionera y zas!, al suelo de cara. Los moretones se dejan ver por unos días y otra vez la realidad nos devuelve nuestros pies. Ya es una cuestión personal si los usamos o no. La realidad sabe hasta dónde retarnos. Nos sumerge en el anonimato, la desconfianza y la fealdad hasta que poco a poco nos vuelve a premiar cual si fuéramos infantes y es allí cuando nos devuelve el andar. A lo mejor estoy siendo injusta con el mundo y no es verdad que la realidad es ambigua, móvil. Seguro, y así lo deben creer muchos (yo hago mis mejores esfuerzos) el péndulo está adentro mío. Los vaivenes anímicos sólo dependen de mis ojos. Entonces sería cuestión de no darle tanto impulso al péndulo? Esa sería la curación? A esa acción podría recurrir en momentos de malestar agudo? Demasiada practicidad para mi gusto. ¿Entonces?
Julio Cortázar poetiza este síndrome curioso y frecuente de infelicidad en Me caigo y me levanto. Dice “hay quienes recaen al llegar a la cima de la montaña, al terminar su obra maestra, al afeitarse sin un solo tajito; no toda recaída va de arriba abajo, porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe a dónde se está… Hay quien ha sostenido que la rehabilitación sólo es posible alterándose… somos lo más que somos porque nos alteramos, porque salimos del barro en busca de la felicidad y la consciencia y los pies limpios… nuestra condición es la recaída y la desalteración…”. Esto me sirve de placebo. Pero estos regalos que la literatura nos ofrece hay veces llegan demasiado tarde. Porque ya los sueños se tiñeron de sepia, ya el virus extranjero se siente como en casa y ya la soga que envuelve mi pelvis está toda estrujada y anudada. Y todo en el preciso momento de alzar vuelo. Cosa extraña. Es un fenómeno psicosocial que atrapa y reduce. Frena. Y el cuerpo lo suele detectar antes que la consciencia. Ya quisiera yo poseer la elocuencia del lenguaje corporal, la densidad de las sustancias que no excreto para prevenirlo. Quisiera saber por qué el cuerpo se queja siempre de la misma manera y en el mismo lugar en el preciso momento de pestañear para ver más claro. Ahora mismo me pierdo en mi propio círculo cortazariano. Si pensaba que escribiendo iba a elevarme, craso error. Me caigo. Y lo más probable es que estando en el suelo se me ocurra alguna idea genial y me levante.

viernes, 2 de abril de 2010

Estrenando a José Martí


Mientras voy descubriendo a José Martí siento como si el tiempo se me hubiera zafado de las manos. Es como llegar tarde, muy tarde, a su celebración. Si hubiera dado antes con él, mi visión de un montón de aristas de la vida estaría mejor sustentada u argumentada y la sensación recurrente de ser un “pez fuera del agua” hubiera sido más benévolamente tolerada. Hoy entiendo. Y me entiendo más. Desde ahora en adelante Martí será un gran referente. Tantas veces escuché hablar y leí acerca de lo emparentada que está la belleza con la tristeza (no más Lo bello y lo triste de Kawabata), del sufrimiento y del dolor humanos como insumos mismos de la vida, de la posibilidad de vivir y no sobrevivir porque existe precisamente la muerte… de tantas cosas en esta línea entre nostálgica y feliz. Estas paradojas han revoloteado a mi alrededor como los bichos volado tantas veces hacia la luz. Seguro que ellas me envuelven desde tiempos remotos y recién tomo consciencia. Y si no fuera por Martí, mentira, no sólo Martí, seguirían guardadas en algún cajón a manera de simple intuición.
En uno de los lenguajes más bellos y ornamentados que he leído, nuestro autor recién estrenado incursionó en política liderando la revolución cubana; en la educación, proponiendo proyectos y escribiendo cuentos para que los niños de América estén orgullosos de sus antepasados aborígenes; en la literatura, construyendo poemas, criticando libros, elaborando crónicas de sucesos culturales relevantes; ejerciendo la oratoria sin quererlo en sus discursos y pronunciados ante la Academia ; en el periodismo denunciando crímenes, crueldades, abusos, esclavitudes diversas; en la psicología, hurgando en el alma humana, en la importancia de la libertad, la autorrealización pero no como fin individual sino como recurso para lograr una mejor sociedad.
Sorprendida recorro las páginas de algunas de sus obras y me encuentro con frases como “Ah!, es preciso batallar para entender bien a los que han batallado” y no puedo dejar de pensar en mis propias batallas y en cómo éstas me permiten a entender las ajenas (aunque cercanas). Sigo pasando las páginas y leo “los hombres son como los astros, que unos dan luz de sí y otros brillan con la que reciben”. Imponente afirmación. Más adelante mientras Martí hace una valoración sobre los lienzos de un pintor ruso, dice “Con qué habría de pintar Munkacsy sino con las tristezas de su alma, con sus recuerdos tétricos, con aquellas tintas propias de quien no ha conocido la alegría?... Se ve en el mundo lo que se tiene en sí”. Se empiezan a producir sinapsis en mi cerebro, ligazones. Martí llegó sin titubeos a dar sentido al arte porque quien nos dice que “hay placer en la sombra” nos alivia harto y nos da libertad para gozar dulcemente de la pena. Cosa tan difícil en estos tiempos de ebullición social, de histeria colectiva. Sin caer en sadomasoquismos por favor! Y así hay tanto por decir. Como que “la muerte es una forma de vida oculta”. Sí, algunos podrían pensar que estoy al borde de pero no. Es mi estado natural. Mi naturaleza, como diría Martí. Aunque el riesgo de poseer esta actitud podría ser la de elogiar el encierro y vivir en una especie de cueva: “El que vive en un credo autocrático es lo mismo que una ostra en su concha, que sólo ve la prisión que la encierra y cree, en la oscuridad, que aquello es el mundo; la libertad pone alas a la ostra”.