viernes, 2 de abril de 2010

Estrenando a José Martí


Mientras voy descubriendo a José Martí siento como si el tiempo se me hubiera zafado de las manos. Es como llegar tarde, muy tarde, a su celebración. Si hubiera dado antes con él, mi visión de un montón de aristas de la vida estaría mejor sustentada u argumentada y la sensación recurrente de ser un “pez fuera del agua” hubiera sido más benévolamente tolerada. Hoy entiendo. Y me entiendo más. Desde ahora en adelante Martí será un gran referente. Tantas veces escuché hablar y leí acerca de lo emparentada que está la belleza con la tristeza (no más Lo bello y lo triste de Kawabata), del sufrimiento y del dolor humanos como insumos mismos de la vida, de la posibilidad de vivir y no sobrevivir porque existe precisamente la muerte… de tantas cosas en esta línea entre nostálgica y feliz. Estas paradojas han revoloteado a mi alrededor como los bichos volado tantas veces hacia la luz. Seguro que ellas me envuelven desde tiempos remotos y recién tomo consciencia. Y si no fuera por Martí, mentira, no sólo Martí, seguirían guardadas en algún cajón a manera de simple intuición.
En uno de los lenguajes más bellos y ornamentados que he leído, nuestro autor recién estrenado incursionó en política liderando la revolución cubana; en la educación, proponiendo proyectos y escribiendo cuentos para que los niños de América estén orgullosos de sus antepasados aborígenes; en la literatura, construyendo poemas, criticando libros, elaborando crónicas de sucesos culturales relevantes; ejerciendo la oratoria sin quererlo en sus discursos y pronunciados ante la Academia ; en el periodismo denunciando crímenes, crueldades, abusos, esclavitudes diversas; en la psicología, hurgando en el alma humana, en la importancia de la libertad, la autorrealización pero no como fin individual sino como recurso para lograr una mejor sociedad.
Sorprendida recorro las páginas de algunas de sus obras y me encuentro con frases como “Ah!, es preciso batallar para entender bien a los que han batallado” y no puedo dejar de pensar en mis propias batallas y en cómo éstas me permiten a entender las ajenas (aunque cercanas). Sigo pasando las páginas y leo “los hombres son como los astros, que unos dan luz de sí y otros brillan con la que reciben”. Imponente afirmación. Más adelante mientras Martí hace una valoración sobre los lienzos de un pintor ruso, dice “Con qué habría de pintar Munkacsy sino con las tristezas de su alma, con sus recuerdos tétricos, con aquellas tintas propias de quien no ha conocido la alegría?... Se ve en el mundo lo que se tiene en sí”. Se empiezan a producir sinapsis en mi cerebro, ligazones. Martí llegó sin titubeos a dar sentido al arte porque quien nos dice que “hay placer en la sombra” nos alivia harto y nos da libertad para gozar dulcemente de la pena. Cosa tan difícil en estos tiempos de ebullición social, de histeria colectiva. Sin caer en sadomasoquismos por favor! Y así hay tanto por decir. Como que “la muerte es una forma de vida oculta”. Sí, algunos podrían pensar que estoy al borde de pero no. Es mi estado natural. Mi naturaleza, como diría Martí. Aunque el riesgo de poseer esta actitud podría ser la de elogiar el encierro y vivir en una especie de cueva: “El que vive en un credo autocrático es lo mismo que una ostra en su concha, que sólo ve la prisión que la encierra y cree, en la oscuridad, que aquello es el mundo; la libertad pone alas a la ostra”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario