jueves, 24 de septiembre de 2009

No Apto para Melancólicos



"Si me escucharas…"
Si me escucharas decir que ando nostálgica, algo fantástico hubieras inventado. No como el tiempo que, aunque transcurre, no silencia las grietas del dolor. No voy a negar que por momentos lo logra con rotundo éxito. Pero hay otros, como los de hoy, en los que “Concierto Animal” de Blanca Valera esta bien. Y se me ocurre que asaltando sus palabras y haciéndolas mías quizá me entiendas desde donde estás. “Si me escucharas/tú muerto(a) y yo muerta de ti/si me escucharas…” podría contarte tantas cosas, tantas como que “Esta mañana soy otra/(porque)toda la noche/el viento me dio alas/para caer...” Si me escucharas, seguro me prestarías tus alas, aunque con ellas me caiga una y otra vez, aunque las use como simple indumentaria porque no dejase de pisar firme la tierra. No sé. Porque hay veces sólo “trepo como una araña que soy/frágil y rencorosa…”. Otras, seguramente más atlética, trepo con fuerza para no dar “tumbos de lo oscuro a lo oscuro”. Y entre lo alto y lo bajo, entre los diálogos y la “hoguera de silencios” han transcurrido algunos momentos.
Qué manera ésta más sui generis de hablarte, en código morse. Y aunque esta poesía sea ajena, sé que la escucharás contada a mi modo. Contada por quien aprendió a “pensar en lo pequeño/y en lo inmenso/en las estrellas más lejanas/ e inmóviles…” para “no morir cada día un poco más”. Te dije que estaba nostálgica. Tú me hubieras animado a poetizar mi existencia. Te hubiera gustado escuchar de mi voz que Filón y Sofía se seducen filosofando, que voy descubriendo coincidencias entre personajes disimiles, que tengo pulsión literaria para no explotar, que dudo. Y tú hubieras coincidido conmigo acerca del dudar porque “a veces la duda/explícita como una flor/con pétalos y señales nos induce/a girar en nuestros ejes/a tener sed/a beber entintando labios imaginados…”. Pero perdóname por hacer esto, por pisotear versos ajenos para soñar. Es que si me escucharas no tendría necesidad de hacerlo. Es que si me escucharas… sabrías que “el animal que se revuelca en barro/(que)está cantando/(que)amor gruñe en su pecho/y (que) en sucia luz envuelto/se va de fiesta”, soy yo.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Yo, Schopenhauer y Maya García Miró…

Estaba pensando en que lo más fascinante de tener un blog es que puedo jugar sin caer en infantilismos y regresiones riesgosas, esas que solemos experimentar quienes nos lanzamos a buscar agujas en el negro de la noche. Juego a la libertad, juego a esconderme en la sombra de Marina, juego a descubrir quiénes me leen. En fin, creo que juego a atreverme a jugar. Y jugar está siendo adictivo. Tanto, que esta vez las novelas no calman mi ansiedad crónica. Hace falta otra cosa; quizá amasar con los dedos esa espesura que se amontona en mi pecho para ver si doy con alguna cosa, siquiera con la figura de un garabato. Como este.
Ayer, contra viento y marea, fui a un llamado “refrigerio científico” que trató sobre la influencia del pensamiento de Arthur Schopenhauer en la obra de Sigmund Freud. Ambicioso proyecto del expositor psicoanalista. Todo estuvo muy interesante pero lo que más capturó mi atención no fue precisamente lo filosófico y lo teórico del asunto sino la vida sentimental de los puercoespines. Resulta que en invierno estos animalitos se encuentran aquejados por dos sufrimientos. O bien se alejan unos de otros y padecen frío. O bien se juntan unos con otros para mantener el calor y se clavan las espinas que les destrozan las carnes. Buscan, pues, una situación intermedia aceptable entre la soledad helada y la proximidad hiriente. Escena arto conocida.
Maya García Miró expone en Forum Seis, una serie de piezas inspiradas en la niñez pero no sólo en lo más naive e inocente de ella. Todo lo contrario. La artista utiliza clavos, velas gastadas y perdigones para que demos dos pasos atrás en cuanto a clichés sobre infancia se refiere. En “La Casita”, el “El Sillón” o en “La Cama”, García Miró nos sorprende construyendo objetos placenteros de nuestra vida cotidiana con clavos que se salen de una tela rosada y floreada. Filuda manera de desmantelar el mito en torno a lo que debería ser la etapa más feliz de nuestra vida. Pero no sólo es eso. García Miró también alude al puercoespín de Schopenhauer y a la necesidad de llamarme Marina para jugar.

domingo, 13 de septiembre de 2009

La Hipocresía se apodera de las Tablas


No soporto la hipocresía y menos aún cuando te la arrojan en la cara en su versión más barroca. Esperando La Carroza, obra escrita por Jacobo Lagsner y adaptada por Alberto Isola, trata sobre el conflicto familiar desatado por la supuesta muerte de “Mamá Cora”, que de matriarca pasó a la clandestinidad psíquica y física. Esta tragedia más que comedia se inicia cuando la joven y embarazadísima esposa del hermano mayor de la familia (Jimena Lindo) estalla de ansiedad por convivir con la suegra entrometida, pero además, cuando irrumpe y conmociona al espectador con su rabia porque está indignada de la indiferencia ajena. De aquí en adelante toda la atmósfera se tiñe de envidias, engaños, culpa y lamento disfrazado porque en el fondo bien que todos quieren deshacerse de la vieja Cora que sólo sabe traer problemas y hacer merengues que ya nadie quiere probar.
Terminé aturdida. A lo mejor yo soy una de esas personas para las que las comedias no están hechas. Lo que produce carcajada a mí me da náusea, lo que pasa desapercibido a mi me desorienta totalmente y lo que se dice a voz en cuello a mi me provoca vergüenza ajena. Y si no fuera porque en plena función aparecieron los cronopios por entre los escombros de mi mente aplastada (esos seres de otro? mundo que se han convertido en mi objeto transicional), no hubiera podido tolerar aquello de las poses impuestas y la pena fingida. No voy a negar que prefiero la sutileza irónica que despliega Julio Cortázar en “Conducta en los Velorios” que la histriónica falsedad puesta en escena por Isola para decir lo mismo.
Para variar, otra vez gana mi sentimentalismo. Por eso me quedo con aquella entrañable familia que ha organizado toda su existencia asistiendo a los velorios del barrio para “enseñarles” a sus vecinos deudos que es más creíble el dolor llorando hasta humedecer por completo un pañuelo morado, que es mejor preparar un discurso para conmover de veras a los demás, que es muestra de mayor humanidad quedarse hasta el alba junto al cajón pero tomando mate caliente. Típicamente cortazariano, este relato se burla del giro social y festivo de los ahora llamados velorios pero también muestra sin pelos en la lengua que lo más grotesco de nuestra existencia es harina de este costal.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Historias desde el Galpón




“Proyecto Empleadas”, la obra teatral que se presenta por poco tiempo en el centro cultural elgalpón.espacio gracias a la sensibilidad de sus directores, Rodrigo Benza y Jorge Baldeón, es una propuesta interesante que se inscribe en la larga lista de ideas artísticas que vienen explorando la temática del/la trabajador(a) del hogar.
Entre las que recuerdo ahora, figura una muestra fotográfica llamada “La Otra” de la artista Natalia Iguiñiz. Se trataba de una serie de imágenes en las que aparecían las empleadoras posando junto a sus respectivas empleadas. Bastaba contemplar sus rostros y posturas para intuir todo acerca de la relación que había entre ellas.
"Bin-jip”, película del surrealista director coreano Kim Ki-duk, cuyo título original significa "Hogares Vacíos", trata sobre un joven indigente que se introduce como un fantasma en casas ajenas para hacer los trabajos domésticos que sus empleadores no hacen porque pertenecen a una posición social acomodada. Si bien en un inicio el personaje se introduce en dichos hogares en el anonimato total, con el tiempo, en esas mismas paredes abandonadas irá a descubrir el gran amor de su vida.
En este caso, “Proyecto Empleadas” explora dramáticamente esa trama que se va tejiendo entre quienes conviven en un mismo hogar y ocupan jerarquías distintas.
Pero empecemos por el galpón. Propicio lugar que los directores escogen para reflexionar sobre un tema social tan presente y tan dejado de lado en nuestra sociedad. Si pensamos que antiguamente un galpón era una casa destinada a los esclavos de las haciendas de América, desde allí hay mucho material que, sutilmente, se sugiere. Lo divertido es que uno se siente muy bien en ese galpón-garaje rodeado de gente amistosa, música en vivo, cafecito y luces de neón.
Mientras nos vamos acomodando en el estrado del espacio escénico las dos y únicas actrices de la obra, Stephanie Orúe y Andrea Fernández, ya están esperándonos lavando la ropa (de ellas?, de sus patrones?). Parece que los directores nos hicieran tomar conciencia de cuán cotidiana es esta escena en la vida de cualquier peruano. Me estaba acomodando en mi sitio y de pronto distingo nítidamente unos “ruidos” que simulan artefactos eléctricos, movimientos de alguien que está lavando platos, el chirrido de puertas que se abren y cierran, la alarma de un reloj; es decir, los sonidos de una rutina tan pesada como exclavizante.
Desde el inicio, la obra nos golpea y no deja de hacerlo durante toda la función. Asistimos a un viaje en el que por momentos nos identificamos con alguna escena doméstica, sentimos pena y culpa por ello, reparamos en la hipocresía social y en la desconfianza innata, nos avergonzamos de los gestos tan instalados de discriminación, nos apena por quienes vivieron pérdidas irremplazables y por quienes viven añorando una vida mejor.
Hacia el desenlace de la obra, una de las actrices alza la voz para proponer una idea que sigue resonando en mi mente. “Hay que prevenir la migración”.
Y me quedo pensando en la necesidad de que una obra como esta se presente en espacios teatrales más comerciales de nuestra ciudad. Valdría la pena.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Pintando América



Tengo un tesoro entre manos. Se trata de la bella edición que Gilda Mantilla y Raimond Chaves acaban de presentar bajo el título “Dibujando América” y que es el resultado de un largo proyecto fotográfico en el que los artistas recorren Venezuela, Colombia, Ecuador y el norte del Perú durante cien días. Conforman la presentación ocho cuadernillos recubiertos por una cuidadosa y ecológica caja de cartón. A primera vista este trabajo es la respuesta artística de los viajeros a una invitación que la 27ª Bienal de Sao Paulo (2006) les lanza para dibujar Brasil. Pero hay algo más que un fiel registro territorial. Este proyecto es más complejo. Puedo olerlo. E incluso intuyo que los autores estaban más interesados en plasmar lo que creyeron ver en lo que vieron y lo que desearon ver en lo que vieron. Como si para ellos, Brasil no es el territorio brasileño. Es lo que ellos imaginan que es Brasil. Es decir, como si para conocer Brasil bastara con no moverse del Perú. Mantilla y Chaves presentan uno de los cuadernillos así: “Quieren que dibujemos Brasil. Aceptamos el invite. Sin embargo Brasil suena enorme y no hay tiempo material para hacerlo. ¿Por dónde empezar? ¿Cómo manejar el deseo de alguien que quiere que dibujes algo? ¿En qué estarán pensando? ¿Será buena idea empezar a dibujar Brasil desde el Perú?...”
¿Será que Mantilla y Chaves nos invitan ahora a nosotros a pensar en lo que América significa?, y, por consiguiente, ¿será que nos invitan a pensar en lo que significa el Perú dentro de la gran América? Me lo pregunto así porque no es casual que este conjunto de imágenes impresas llegue a mi vida en un momento en que leo entusiasmada obras de autores criollos y mestizos como El Apologético a favor de Don Luis de Góngora o Los Comentarios Reales de los Incas que se enmarcan dentro del discurso literario colonial y que rescatan las bondades de América con orgullo aunque en sus venas haya sangre española. ¿Qué pasa con los autores que escribe sobre su patria desde el exilio? Retomando la idea de Mantilla y Chaves, América entonces, además de ser un continente, sería una idea, una concepción o una imagen que se tiene de ella y que puede ser compartida o no. Es decir, existiría un Perú en cada persona que se proponga pensar en él. Pero mejor juguemos porque me pongo densa y nostálgica.
Si los españoles descubrieron América hace siglos gracias a un afán aventurero (propio del romanticismo) y a un proyecto más bien lucrativo (propio de todas las épocas), si luego Mantilla&Chavez descubrieron América de una manera más amistosa a través de su mirada tolerante y sus creativos dibujos, ¿cómo hago yo ahora para descubrir América a mi manera? Empresa titánica si además no cuento para nada con las habilidades guerreras de los peninsulares ni con la destreza plástica de los artífices de esta publicación. La única herramienta interesante (o estresante tal vez) es mi tendencia a rumiar. Así que pensando y quizá soñando en cómo hacer para descubrir América se me ocurrió empezar por escoger un color para pintarla. Ya Mantilla y Chaves escogieron el turquesa para representarla. Para mí América podría ser el color de la campiña, del cielo abierto, de los pueblos perdidos, de los rostros con hambre, de los mantos tejidos a mano y, por qué no, de unos ojos con esperanza.