domingo, 13 de septiembre de 2009

La Hipocresía se apodera de las Tablas


No soporto la hipocresía y menos aún cuando te la arrojan en la cara en su versión más barroca. Esperando La Carroza, obra escrita por Jacobo Lagsner y adaptada por Alberto Isola, trata sobre el conflicto familiar desatado por la supuesta muerte de “Mamá Cora”, que de matriarca pasó a la clandestinidad psíquica y física. Esta tragedia más que comedia se inicia cuando la joven y embarazadísima esposa del hermano mayor de la familia (Jimena Lindo) estalla de ansiedad por convivir con la suegra entrometida, pero además, cuando irrumpe y conmociona al espectador con su rabia porque está indignada de la indiferencia ajena. De aquí en adelante toda la atmósfera se tiñe de envidias, engaños, culpa y lamento disfrazado porque en el fondo bien que todos quieren deshacerse de la vieja Cora que sólo sabe traer problemas y hacer merengues que ya nadie quiere probar.
Terminé aturdida. A lo mejor yo soy una de esas personas para las que las comedias no están hechas. Lo que produce carcajada a mí me da náusea, lo que pasa desapercibido a mi me desorienta totalmente y lo que se dice a voz en cuello a mi me provoca vergüenza ajena. Y si no fuera porque en plena función aparecieron los cronopios por entre los escombros de mi mente aplastada (esos seres de otro? mundo que se han convertido en mi objeto transicional), no hubiera podido tolerar aquello de las poses impuestas y la pena fingida. No voy a negar que prefiero la sutileza irónica que despliega Julio Cortázar en “Conducta en los Velorios” que la histriónica falsedad puesta en escena por Isola para decir lo mismo.
Para variar, otra vez gana mi sentimentalismo. Por eso me quedo con aquella entrañable familia que ha organizado toda su existencia asistiendo a los velorios del barrio para “enseñarles” a sus vecinos deudos que es más creíble el dolor llorando hasta humedecer por completo un pañuelo morado, que es mejor preparar un discurso para conmover de veras a los demás, que es muestra de mayor humanidad quedarse hasta el alba junto al cajón pero tomando mate caliente. Típicamente cortazariano, este relato se burla del giro social y festivo de los ahora llamados velorios pero también muestra sin pelos en la lengua que lo más grotesco de nuestra existencia es harina de este costal.

1 comentario:

  1. Hola, Marina.

    Pero, ¿no te parece que, pese a plantearse de manera casi caricaturesca o grotesca, o justamente debido a eso, La Carroza es una crítica de la falsedad de los tipos representados en la obra? Digo, porque me parece que no vieras distancia entre la naturelza moral, o inmoral, de los personajes, y la intención de la obra.

    Ojalá te animes a responder mi pregunta.

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