sábado, 19 de septiembre de 2009

Yo, Schopenhauer y Maya García Miró…

Estaba pensando en que lo más fascinante de tener un blog es que puedo jugar sin caer en infantilismos y regresiones riesgosas, esas que solemos experimentar quienes nos lanzamos a buscar agujas en el negro de la noche. Juego a la libertad, juego a esconderme en la sombra de Marina, juego a descubrir quiénes me leen. En fin, creo que juego a atreverme a jugar. Y jugar está siendo adictivo. Tanto, que esta vez las novelas no calman mi ansiedad crónica. Hace falta otra cosa; quizá amasar con los dedos esa espesura que se amontona en mi pecho para ver si doy con alguna cosa, siquiera con la figura de un garabato. Como este.
Ayer, contra viento y marea, fui a un llamado “refrigerio científico” que trató sobre la influencia del pensamiento de Arthur Schopenhauer en la obra de Sigmund Freud. Ambicioso proyecto del expositor psicoanalista. Todo estuvo muy interesante pero lo que más capturó mi atención no fue precisamente lo filosófico y lo teórico del asunto sino la vida sentimental de los puercoespines. Resulta que en invierno estos animalitos se encuentran aquejados por dos sufrimientos. O bien se alejan unos de otros y padecen frío. O bien se juntan unos con otros para mantener el calor y se clavan las espinas que les destrozan las carnes. Buscan, pues, una situación intermedia aceptable entre la soledad helada y la proximidad hiriente. Escena arto conocida.
Maya García Miró expone en Forum Seis, una serie de piezas inspiradas en la niñez pero no sólo en lo más naive e inocente de ella. Todo lo contrario. La artista utiliza clavos, velas gastadas y perdigones para que demos dos pasos atrás en cuanto a clichés sobre infancia se refiere. En “La Casita”, el “El Sillón” o en “La Cama”, García Miró nos sorprende construyendo objetos placenteros de nuestra vida cotidiana con clavos que se salen de una tela rosada y floreada. Filuda manera de desmantelar el mito en torno a lo que debería ser la etapa más feliz de nuestra vida. Pero no sólo es eso. García Miró también alude al puercoespín de Schopenhauer y a la necesidad de llamarme Marina para jugar.

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