domingo, 17 de enero de 2010

El encierro y la vida

Hace mucho que te quiero es el título de una película francesa que podría funcionar muy bien como una frase conmovedora si la vemos desde el punto de vista de una confesión de amor. Es también el acertado nombre que Philippe Claudel decide ponerle a su largometraje porque es el coro de una canción que representa el encuentro tardío pero certero de dos hermanas que no se han visto por largo tiempo pero que ahora se atreven a cantar juntas los recuerdos de una infancia lejana.

La película está narrada de tal forma que mil preguntas se disparan en nuestra mente mientras las imágenes junto a los diálogos se van sucediendo. Al inicio, quién es quién y por qué se comportan como si fueran desconocidas. Luego, por qué la cárcel para una mujer que es capaz de amar, por qué la adopción para quien podría tener sus propios hijos, por que el temblor de una madre ante las preguntas agudas de una niña que percibe cosas que no están dichas. Por qué tanta desesperación de la hermana-profesora de literatura frente a Crimen y Castigo de Dostoievski, por qué la muerte puede ser la salida al dolor, por qué la cárcel puede ser la única forma de reconciliarnos con la vida… Todo esto se va resolviendo poco a poco de la manera más natural a lo largo del film y no es hasta el final que descubrimos el verdadero motor que da sentido a esta historia: la enfermedad terminal de un niño y la angustia infinita de una madre que no puede calmarlo (y calmarse) y que por eso decide inducirlo en un sueño eterno. No suficiente con eso, una sociedad que castiga y estigmatiza porque solo es capaz de ver desde afuera lo que no puede ser explicado con palabras.

No sólo descubrimos cómo una mujer que ha estado presa por 15 años va recuperando su libertad y va rehaciendo su vida interna (por ende externa), sino a una hermana que a pesar de haber sido víctima de un sistema que aplicó la indiferencia para evitar la pena, logra ser afectuosa. Esta, que pudo construir una buena vida (profesora de literatura, madre de dos hijos, felizmente casada y acomodada) no puede hablar de los hechos del pasado, de su dolor, de su culpa.

Los personajes que Juliette, la hermana “asesina”, conoce en su nueva vida son evocadores. Estrecha una fuerte amistad con un policía que la hace registrarse cada 15 días en la comisaria que tiene el gran deseo de conocer el Orinoco pero que se suicida sin intentarlo; conoce a un profesor de literatura que encuentra en los libros mayor comprensión que en los seres humanos pues ha experimentado profundas oleadas de soledad; conoce al suegro de su hermana que no puede hablar producto de una parálisis cerebral pero que vive “feliz” leyendo libros en su biblioteca; conoce a un director de hospital que la contrata como secretaria a pesar de su marcado ensimismamiento y su profundo hermetismo que ocasiona malestar en el ambiente laboral. Esta es una película plagada de paradojas, de preguntas que no tienen respuesta, de actos comprensibles y a la vez incomprensibles. Una narrativa del dolor abierto.


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