Sufro de un síndrome intermitente de infelicidad. Es una patología que debería estar registrada en cualquier manual básico de psiquiatría y no lo está. Su incidencia es vergonzosa en estos tiempos de turbulencia y globalización. Su etiología no tiene una explicación clara. El ritmo severo de mis pasos van perdiendo tonicidad y se tornan meditabundos, circulares, envolventes sin responder a nada en particular. Y el síntoma más vistoso, es decir, el miedo, aparece precisamente cuando vamos a alzar vuelo. Tropezamos con alguna neurona traicionera y zas!, al suelo de cara. Los moretones se dejan ver por unos días y otra vez la realidad nos devuelve nuestros pies. Ya es una cuestión personal si los usamos o no. La realidad sabe hasta dónde retarnos. Nos sumerge en el anonimato, la desconfianza y la fealdad hasta que poco a poco nos vuelve a premiar cual si fuéramos infantes y es allí cuando nos devuelve el andar. A lo mejor estoy siendo injusta con el mundo y no es verdad que la realidad es ambigua, móvil. Seguro, y así lo deben creer muchos (yo hago mis mejores esfuerzos) el péndulo está adentro mío. Los vaivenes anímicos sólo dependen de mis ojos. Entonces sería cuestión de no darle tanto impulso al péndulo? Esa sería la curación? A esa acción podría recurrir en momentos de malestar agudo? Demasiada practicidad para mi gusto. ¿Entonces?Julio Cortázar poetiza este síndrome curioso y frecuente de infelicidad en Me caigo y me levanto. Dice “hay quienes recaen al llegar a la cima de la montaña, al terminar su obra maestra, al afeitarse sin un solo tajito; no toda recaída va de arriba abajo, porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe a dónde se está… Hay quien ha sostenido que la rehabilitación sólo es posible alterándose… somos lo más que somos porque nos alteramos, porque salimos del barro en busca de la felicidad y la consciencia y los pies limpios… nuestra condición es la recaída y la desalteración…”. Esto me sirve de placebo. Pero estos regalos que la literatura nos ofrece hay veces llegan demasiado tarde. Porque ya los sueños se tiñeron de sepia, ya el virus extranjero se siente como en casa y ya la soga que envuelve mi pelvis está toda estrujada y anudada. Y todo en el preciso momento de alzar vuelo. Cosa extraña. Es un fenómeno psicosocial que atrapa y reduce. Frena. Y el cuerpo lo suele detectar antes que la consciencia. Ya quisiera yo poseer la elocuencia del lenguaje corporal, la densidad de las sustancias que no excreto para prevenirlo. Quisiera saber por qué el cuerpo se queja siempre de la misma manera y en el mismo lugar en el preciso momento de pestañear para ver más claro. Ahora mismo me pierdo en mi propio círculo cortazariano. Si pensaba que escribiendo iba a elevarme, craso error. Me caigo. Y lo más probable es que estando en el suelo se me ocurra alguna idea genial y me levante.

Marina,
ResponderEliminarMe deletio leyendo tu blog, en especial este. Mientras leo, observo como me transporto a un estado cuasi permanente y real en el cual me encuentro casi de manera diaria. Un espacio similar al tuyo.
Levantarme de cada caida, cada vez es mas rutinario, y sin embargo la duda de cuando dejare de caerme me genera esta angustia, este sin fin de preocupaciones. Me agoto. Me vuelvo a levantar y siento como algo refrescante en mi nuevo paso. Esta evz esta mas firme y logro entonces ver hacia atras y recorrer el camino en reversa, en camara lenta y apreciar el recorrido, ver donde se genera la caida y por que. Creo que aprendo y decido entonces, reir o llorar, pero de emotividad. Es como reconectarme con mi centro y reencontrarme con mi escencia, pura, ingenua e iluminada. Ahora esta iluminada. Ahora puedo ver todas las huellas que han dejado mis caidas. Me sobo y me vuelvo hacia la vida, y sigo viviendo.
Qué difícil puede llegar a ser encontrar ese centro, no? la vida misma se va en ese intento que nos agota, nos trae abajo y nos devuelve otra vez vivas. Lo cierto es que parece que estamos empezando a gozar de un buen momento. Que nos dure un poco!
ResponderEliminarDificil o no, solo requiere concentracion, foco, conciencia. Es como reconocer cada articulacion de tu cuerpo, ir descubriendo cada movimiento que esa articulacion puede ejercer, generar, y para ello es inminente una maxima disponibilidad de los 5 sentidos. Se crea un silencio absoluto y al menos a mi, ademas de oir mi respiracion, me conecta con el sonido la bestia aullando, rasgando, gimiendo y de pronto, retrocede a ser un cachorro con determinacion de aprender a crecer y a ser, pero al mismo tiempo temeroso al ver la soledad en la que debe desarrollarse, casi como un egoismo absoluto en el cual debe sumirse pero que le ayudara a salir del temor a la vida.
ResponderEliminarEs agotador, en efecto hoy amaneci caida.
Lo lindo d este momento es que con cada caida, descubr mas de mi y al hacerlo me doy cuenta que se me abre una puerta mas para mi aceptacion y auto compasion. Quizas en algun momento corto o lejano, deje de caerme y solo me eleve. Ojala. Pero ahora estoy aun en el suelo sobandome y recapitulando que paso?
Ahora q te escribo, ya no me siento tan sola. Gracias.