
A ti que me hiciste llorar…
Te escribo a ti porque me ayudaste a perder la noción del tiempo siquiera por un rato, un rato que para mí tuvo la forma de un gran círculo. Y su perímetro por el que andábamos y andábamos era una soga tan gruesa capaz de cobijar mis pies y los tuyos. Tú adelante mío, yo adelante tuyo y, por qué no, ambas de la mano, una al lado de la otra desafiando todas las leyes de la gravedad, de la lógica. Ah, y también danzábamos girando y girando muy juntas, como un trompo que no puede detenerse, acompañadas de nuestras existencias lejanas, de recuerdos, mirándonos, buscándonos con ayuda de nuestras manos o quizá siguiendo el rastro de nuestros olores a casa, a leche, a guiso tibio.
Desde tu pena y tu dolor, me devolviste la ilusión que no encontraba en estos días, tú sin saberlo me llevaste de la mano muy suavemente por caminos donde la palabra existe, tu sin saberlo le devolviste a mi cuerpo algo de su brillo, tú en medio de la oscuridad me orientaste a hacer algo tan sencillo como puede ser prender la luz del cuarto. Sólo mostrándote. Hace bien tu presencia y también tu ausencia, aunque parezca raro, porque tú permites que se te lleve dentro, en el corazón. Con ese mismo corazón con que tú dices me lees, me intuyes, me entiendes.
Escribo contra el reloj, con la ansiedad de no poder decir todo lo que quiero (vieja tara en mi existencia), con la ansiedad de que ya pronto puedas leerme para que no te sientas tan sola, para que recibas esto como un regalo de mi corazón al tuyo, para devolverte la mirada tierna que tienes y que me haces tener.
Me pareció que entre nosotras hablando suceden muchas cosas… tu gato que se envuelve en la colcha sin poder salir de allí porque siente todo lo que pasa, el aroma del café sosteniendo nuestras miradas viscerales, la gente allá afuera dando vueltas a nuestro alrededor en plena lucha diaria pero perdiéndose esto, los fantasmas negros, deformes, turbulentos que entran y salen de nuestro círculo que nos envuelve, que nos devuelve. Me pareció que aquello que sucedió hoy entre nosotras merecías saberlo de mí.
Desde tu pena y tu dolor, me devolviste la ilusión que no encontraba en estos días, tú sin saberlo me llevaste de la mano muy suavemente por caminos donde la palabra existe, tu sin saberlo le devolviste a mi cuerpo algo de su brillo, tú en medio de la oscuridad me orientaste a hacer algo tan sencillo como puede ser prender la luz del cuarto. Sólo mostrándote. Hace bien tu presencia y también tu ausencia, aunque parezca raro, porque tú permites que se te lleve dentro, en el corazón. Con ese mismo corazón con que tú dices me lees, me intuyes, me entiendes.
Escribo contra el reloj, con la ansiedad de no poder decir todo lo que quiero (vieja tara en mi existencia), con la ansiedad de que ya pronto puedas leerme para que no te sientas tan sola, para que recibas esto como un regalo de mi corazón al tuyo, para devolverte la mirada tierna que tienes y que me haces tener.
Me pareció que entre nosotras hablando suceden muchas cosas… tu gato que se envuelve en la colcha sin poder salir de allí porque siente todo lo que pasa, el aroma del café sosteniendo nuestras miradas viscerales, la gente allá afuera dando vueltas a nuestro alrededor en plena lucha diaria pero perdiéndose esto, los fantasmas negros, deformes, turbulentos que entran y salen de nuestro círculo que nos envuelve, que nos devuelve. Me pareció que aquello que sucedió hoy entre nosotras merecías saberlo de mí.

Conmovedor
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